Es normal que me lo preguntes, cariño

Noviembre 2, 2009 por Seth Fortuyn

- ¿Sabes, hijo? Es normal que me preguntes sobre el tema. Yo tenía un caballo, cuando era pequeño. Duele recordarlo, pero mi familia era bastante adinerada por entonces y nos podíamos permitir unas clases de equitación tanto para mí como para mi hermano. El caso es que un día forcé demasiado a “Rapaz”, mi corcel, y tropezó, y el pobre se rompió una pierna por dos sitios.
Román acarició el pelo de su hijo con ternura.
- Yo pensaba que le pasaría como a los humanos, ¿sabes? Que le llevarían a un hospital de caballos, y allí le atenderían y se curaría, y yo podría volver a montarle hasta que se hiciera viejo. Pero no pudo ser.
David tenía una buena mata de pelo, suave y sedoso, que acariciaba el espacio entre los dedos como si se tratara de seda. El padre pensó que el cabello de ángel, el de verdad, no la comida, debía ser algo parecido. Y se entristeció aún más.
- Porque cuando un caballo se rompe una pierna, se le sacrifica. ¡Pum! – e hizo el gesto con los brazos, como si sujetara una escopeta y sufriera el retroceso después del disparo. – Un buen escopetazo entre ceja y ceja. Porque no se va a curar, no del todo, y va a sufrir hasta el final de su vida un dolor insoportable.
Román volvió un momento la cabeza y suspiró. Su hijo estaba acurrucado en la cama, sin atreverse a salir de debajo de las mantas.
Estaba siendo más duro de lo que había pensado: la primera vez que afrontó la escena mentalmente, en la consulta del pediatra, su determinación no flaqueaba. Pero sabía que, en el caso de posponerlo, sería cada vez peor, y tarde o temprano la situación se acabaría volviendo insostenible. Tanto para David como para el resto de la familia.
- Así que, volviendo a tu pregunta… ¿por qué te voy a tener que pegar un tiro entre ceja y ceja? – Cogió aire. – Porque la Plaga del 2012, la que en un momento pensamos que era una bendición, nos infectó a todos los seres humanos y nos dio la incapacidad de morir por enfermedad. Un anciano morirá de viejo, pero un enfermo de cáncer tendrá inmensos dolores de cáncer hasta que su cuerpo desfallezca por la edad.
El preocupado padre sacó la escopeta de debajo de la cama. Con su hijo encañonado, pensó en el mundo cruel en que le había tocado vivir, y en la tranquilizadora posibilidad de hacerse lo mismo después.
Cerró los ojos.
- Y tú, cariño, mi cielo… mi David, mi tierno hijo de ocho años, mi… – comenzó a llorar desconsolado, pero el pulso no le falló, pues era lo mejor y lo sabía: había visto a su padre sufrir esclerosis lateral amiotrófica durante veinticuatro años, cuando en un mundo normal no habría aguantado más de una década. – Tú, tienes leucemia.
Y disparó.

Lento

Octubre 28, 2009 por Seth Fortuyn

Era normal verle andando por la calle a eso de las once de la mañana, porque bajaba escrupulosamente puntual a las diez para comprar el pan. Antonio caminaba lento, muy lento, debido a una acumulación de achaques propios de la edad, que le obligaban a caminar pasito a pasito, como si caminara por una cuerda floja y estuviera a punto de caer al vacío. Y aunque la panadería se encontraba a sólo cinco minutos de distancia al paso de una persona normal, para él el trayecto se convertía en una odisea de más de una hora llena de dolor.
De vez en cuando, algún chaval pasaba a su lado y se burlaba de él. Le llamaban lentorro, y tortuga, y caracol, pero no les solía hacer caso porque los niños ahora son unos maleducados. Ni disciplina, ni cultura. Se avergonzaba de haber vivido una Guerra Civil que se llevó por delante a su hermano Sergio, y todo para dejar un país en manos de borregos e ignorantes. Ya nadie apreciaba las ideas, ni sentía pasión por ellas. Sólo compraban, insultaban…
Un día, sin embargo, las cosas se pusieron un poco más duras. Un chiquillo de no más de quince años se le acercó y, sin venir a cuento, lo empujó al suelo con brusquedad. Tenía en el pelo una estúpida coronilla, acné y una forma de hablar que arrastraba las palabras, como si odiara todas y cada una de las que tuvieran más de una sílaba. Y el estúpido primate se le acercó, le arrebató la cartera con brusquedad, y salió corriendo.
Antonio se quedó tirado, en el suelo, a punto de llorar. Él, que había corrido, que había vivido tanto… quiso permanecer allí, listo para morir. Era el ridículo, y la indefensión, y lo absurdo de la situación que le abatieron por completo. Aunque le ayudaron a levantarse, y todo fueron palabras amables y brazos que le ofrecían apoyo para volver a casa, de poco le sirvió. Porque conocía al chaval, y todos le tenían miedo y nadie haría nada. Y él jamás le hubiera alcanzado corriendo, él que tenía el valor de perseguirle.
En los sucesivos días, su mente se centró en la venganza. En el odio por una generación destinada a la vacuidad. Él no había luchado por aquello, volvió a repetirse. Y mientras, calibraba el revólver en sus manos, una vieja Luger que se encontró tirada en el suelo en Madrid (¿o fue en Segovia? Aquellos detalles se escurrían de su mente como mercurio a través de un sumidero). Sólo la disparó una vez, pero mató a su objetivo.
No recordaba qué sintió cuando el estampido, y el retroceso, y la figura delante de él, que caía al suelo vacía, se sucedieron en el minuto más violento de su vida.
Atacar a un viejo. Era indigno, y que él supiera, hasta impensable en la época que le vio nacer.
Tampoco recordaba que el arma pesara tanto.

Dos meses más tarde, cuando el chico volvió al barrio tras cumplir una pequeña condena por robo con intimidación, Antonio volvía de comprar el pan. Había salido de casa a las diez en punto, y ya eran las once menos cuarto.
De repente, sintió una mano que se escurría en su bolsillo y Antonio, con su velocidad sumamente mermada, no pudo impedirlo. El ladronzuelo, al que reconoció como el perpetrador de su anterior humillación, empezó a correr recto, y tenía mucha calle por delante antes de verse obligado a girar.
Antonio dirigió su mano derecha al bolsillo interior de su chaqueta de pana.
Un joven se acercó, de pelo largo y una mirada tan valiente que Antonio se reconoció en ella, y le ofreció ayuda.
- Puedo correr tras él. Sé dónde vive.
- No te molestes, él corre demasiado – dijo Antonio, hirviendo de furia.
Sacó la Luger delante de todos los vecinos y, lentamente, procedió a apuntar hacia delante. El hijo de perra seguía a lo lejos, y pudo reconocerle porque su vista apenas había empeorado en sus más de ochenta años de vida. El pulso se le estabilizó, como si el odio que tenía dentro le endureciera la pose, y el cañón del arma se quedó quieto, fijo sobre el objetivo.
- Pero esto corre más – apostilló el anciano.
Un disparo más tarde, el delincuente estaba en el suelo, y Antonio desconocía si vivo o muerto. La gente gritaba; el buen samaritano huyó envuelto en miedo. Le daba igual. En serio. Era viejo, y no le iban a condenar. Diablos, tal y como era el chico, hasta le aplaudirían. Pero le dejarían en paz, y él conseguiría enviar un poderoso mensaje a cualquier matón que se le acercara. No estaba indefenso. Él no correría demasiado, pero sus balas lo harían por él.
Y el revólver… bueno, la Luger ya no pesaba tanto.

El Elegido

Octubre 15, 2009 por Seth Fortuyn

El Elegido salió de su hogar llevado por los dos hombres más fuertes del pueblo. En su anterior vida, Él los conoció como pescadores y bravucones, como artífices de la maledicencia referida a su persona. Al menos, hasta que subió la marea roja.

En un principio, los habitantes del pueblo vieron con temor como la marea subía y convertía cada ser muerto que tocaba en un simulacro de vida. Cuando por fin acabaron con estos extraños revividos, tuvieron que soportar que los animales se les rebelaran, y que se apostaran en los alrededores del pueblo sin dejarles salir.
Los días pasaron, y la gente se sentía cada vez peor. Los intentos de fuga se saldaban con varios muertos, despedazados por lo que parecía un millar invisible de animales enfermos. Hasta que uno de ellos, el historiador, el loco, el enclenque, enseñó a los demás el camino a la salvación: si la Naturaleza se había rebelado, dijo, era para hacerles ver que debían retomar el antiguo culto y sus ritos, aquellos que todavía se susurraban los familiares antes de morir, que nunca eran pronunciados en voz alta ni fuera de aquellas tierras.
Mientras duró la comida almacenada, le tomaron por loco una última vez. ¿Qué iba a saber él, un hombre tan anclado en el pasado? La civilización, se consolaban diciéndose, les acabaría salvado de aquel desastre. Pero la civilización les había dejado aparte, y los aparatos electrónicos ya no funcionarían más. Incluso la naturaleza se volvió esquiva, y no pudieron capturar ningún animal.
Con el hambre, los habitantes se volvieron más y más receptivos. ¿Locura? Tal vez, pero la inanición daba por buenas respuestas tan antiguas e incognoscibles que, hacía unos meses, les habría provocado la risa o el desconcierto.
El agua, todo pasaba por el agua.
Tomaron al historiador como Elegido, y señalaron el 1 de noviembre como la fecha de la gran ceremonia. Y mientras, porque faltaban aún tres semanas, Manannan-Maclir llenó sus estómagos con peces y frutas del mar, con el fin de que nadie olvidara a quién debía rendirse culto el gran día.

En el 1 de noviembre, el Elegido caminó por las calles del pueblo envuelto en pieles, y a su paso las jóvenes le efectuaron abluciones con agua de mar. Cada muchacha restregó una esponja por la piel del Elegido, y el agua de mar reveló la fragilidad de la epidermis humana, descomponiéndola y revelando que, bajo ella, había escamas.
Para cuando el Elegido llegó al acantilado, su piel humana se había hecho jirones y desprendido, y su cuerpo presentaba la gloria de un millón de escamas irisadas que refulgían bajo el sol abrasador.
No quedaba mucho tiempo: el Elegido comenzó a ahogarse. Manannan-Maclir, complacido por la perfección del ritual, retiró la ilusión del mar y desveló las aguas transparentes hacia las colinas verdes y apacibles del Sidh, donde el sacrificio del Elegido daría una nueva oportunidad a sus vecinos.
El historiador se sumergió en el momento justo, pues las branquias comenzaron a funcionar en cuanto su cuerpo tocó el agua. Y empezó a nadar.

- ¿Qué coño ha pasado aquí? – preguntó un hombre al ver a un vecino que se asomaba por el acantilado.
- El rarito, que se ha suicidado – dijo el otro, señalando un amasijo de carne sanguinolenta y ropa entre las rocas que, como dientes, emergían del océano.

Fantasmas

Octubre 13, 2009 por Seth Fortuyn

Era un día precioso cuando Sergio, de nueve años de edad, se cayó de cabeza desde lo alto de un tobogán. Durmió durante diez meses, y cuando despertó, sus padres lloraron de alegría por tenerle de vuelta. Pero su vista parecía trastocada y, según los médicos, sólo el tiempo diría si los daños serían permanentes o pasajeros.

Al principio, la luz se mezclaba en su cabeza como si la mano de alguien emborronara el óleo de un cuadro recién pintado, y no podía enfocar. Ya entonces tenía un problema para identificar correctamente las figuras, porque, según él, percibía más cosas de las que había en una habitación. Lejos de preocuparse, los médicos quitaron importancia al asunto a pesar de que, cuanto más se recuperaba la vista de Sergio, más incapaz se encontraba el niño de distinguir las supuestas ensoñaciones de la realidad.

Dos semanas después, abrió los ojos en mitad de la noche y fue incapaz de creerse lo que se desplegaba ante sus ojos. Gritó y gritó hasta que una enfermera vino a atenderle, y más tarde un neurólogo vino a ratificar que no le pasaba nada. Sin embargo, Sergio no quiso abrir los ojos de nuevo.

El asunto se prolongó durante todo un mes, hasta que por fin, con toda la familia delante suplicándole, Sergio accedió a despegar los párpados. Y ellos seguían allí, como la primera vez que los viera: había fantasmas, millones de ellos, perfectamente definidos y superpuestos sin llegar a mezclarse, formando una migraña visual donde en apenas medio metro podían congregarse hasta un millar de apariciones.

Los espectros pertenecían a todo ser vivo que hubiera habitado en ese lugar desde el inicio de los tiempos: trilobites, dinosaurios, árboles, helechos y homínidos compartían espacio con homo sapiens desde el neolítico hasta pacientes fallecidos en el hospital ese mismo año. Para su desgracia, Sergio no podía dejar de verlos.

Así que, cuando pudo volver a casa, Sergio parecía ciego porque la densidad de fantasmas era tal, que era imposible apreciar cualquier otro detalle de la vida real. Practicó para comprobar si había cualquier resquicio de la realidad al que aferrarse, pero le fue imposible y la cosa terminó con la admisión de su derrota.

Han pasado quince años, y a veces Sergio se atreve a ir con los ojos abiertos por la calle. La gente mira su bastón y luego sus ojos, y les decepciona no encontrar la mirada perdida, los ojos mortecinos, de un auténtico ciego. Quiere contestarles pero se calla, sabiendo que nadie le creería si le explicara que, efectivamente, no está ciego, sino que ve demasiado.

Algunas noches encuentra un parco consuelo en el hecho de que, tarde o temprano, todos los que le critican le mirarán desde el otro lado, hasta que él se una a la multitud. Y a veces, antes de dormir, les dice (sólo por si alguno de sus ofensores pudieran escucharle): “Quise advertiros”.

La oficina en la Calle del Fin del Mundo

Julio 20, 2009 por Seth Fortuyn

Cuando los oficinistas levantan la vista del ordenador, o de los papeles, y pretenden descansar los ojos un rato, siempre miran por la ventana. Tanto da que al otro lado haya una hilera de rascacielos o un solar con cascotes y chabolas desperdigadas: de algún modo, es la forma de sentirse parte de un mundo del que se excluyen, de volver a descubrir que hay un sol y no sólo fluorescentes en el techo.

En la modesta oficina de Seguros Pegaso, situada en la Calle del Fin del Mundo (número 23, plantas segunda y tercera), trabajar en el ala Este era considerado un castigo por todos los trabajadores. Julio no entendía el por qué, pero prefería evitar la zona sólo por si acaso.

Hasta que un día, un cliente tirado en mitad de una carretera comarcal no recibió toda la cobertura que la empresa promete en los anuncios. Julio, el encargado de asistir a dicho cliente, acabó con un buen dolor de cabeza mientras todos y cada uno de los procedimientos fallaba. Como resultado, fue trasladado al ala Este, donde realizaría sus tareas junto a otros compañeros caídos en desgracia.

No podía comprender qué es lo que convertía aquella parte de la oficina en una zona maldita; tanto era así que hasta estaba separada del resto de la planta mediante un tabique con dos puertas. Julio cruzó una de ellas, y notó que empezaba a sentirse mal, y que no podía mirar por la ventana. Hizo un gran esfuerzo, y pudo ver a sus compañeros, completamente cabizbajos sobre sus escritorios, protegidos por las pantallas de ordenador en unas mesas específicamente orientadas al exterior.

Al otro lado, había un edificio que nadie podía mirar más allá de su segunda planta. No era de ninguna compañía, ni tampoco parecía alojar a inquilinos. Nadie entraba, ni parecía fijarse en él, pues era como mirar a la Muerte a los ojos de lo incómodo que resultaba. La fachada era curva, y daba la impresión de que una bestia muy grande había apretado los pisos superiores como si fuera un tubo de pasta de dientes; los balcones parecían protuberancias de hierro, perfilados por marcos estucados viridios que lograban una apariencia orgánica e infectada.

Julio se sentó en su nuevo escritorio, y antes de que le estallara la cabeza, se refugió detrás de la pantalla. Miró el reloj, quedaban ocho horas por delante. Empezó a teclear y no volvió a pensar en otra cosa que no fuera salir de ahí con el trabajo bien hecho.

Una semana después de su degradación, se armó de valor e intentó mirar a través de la cristalera, pero le fue imposible. A medida que aproximaba su visión al edificio que había al otro lado, una creciente molestia le hacía sentir el estómago como si se estuviera haciendo más y más pequeño. Como siempre, terminó por desesperarse.

Las horas, en ese estado entre la concentración y la amenaza invisible, se alargaban: su jornada le parecía de cuarenta horas. Y mientras consultaba un peritaje, pensó en el parco consuelo de que legalmente sólo podrían tenerle ahí durante un mes.

El simio azul es un glotón (III)

Junio 7, 2009 por Seth Fortuyn

Pasaron varios meses. María intentó recomponer su vida como si fueran trozos de cristal desperdigados por el suelo; su madre, a pesar de sus tentativas, seguía sin darse cuenta de que sufría por su culpa unas terapias que había dejado de necesitar. Además, todos sus allegados supieron de su enfermedad ya superada, y comenzaron a tratarla con demasiado respeto, como si todavía fuera a vomitar después de una comida; María miraba entonces a quien fuera con suspicacia, y se encerraba en su cuarto. Al menos, pensaba con un leve resquicio de humor negro, ya no lloro sobre el váter.
Tumbada sobre la cama, con la vista perdida en el techo y el oído atento a los delirios paranoicos de sus tías y de su madre, María se preguntaba sobre el simio, esa presencia ominosa y delirante que protagonizaba cada una de sus incursiones en el mundo exterior; en ese sentido, esa alucinación o-lo-que-fuera era muy selectiva y procuraba aparecerse sólo cuando ella estaba en la calle. A veces le daba vueltas a aquello y creía que era porque aquel ente prefería no llamar su atención de forma completa, eliminando a alguien conocido por ejemplo, sino mantenerse en un incómodo segundo plano.
El verdadero problema era que necesitaba contárselo a alguien más o reventaría. Sólo su psiquiatra conocía el secreto, y ni la creía ni la daba cuerda para que se explicara con mayor claridad: se limitaba a golpearse la rodilla, tsk tsk tsk, y a pedirla POR FAVOR que se limitara a hablar de comidas y lo que sentía frente a un filete de ternera jugoso.
Podría tratar de explicárselo a su madre, pero si ella no conseguía comprender que la bulimia era cosa del pasado, ¿cómo iba a asimilar que María podía ver a un simio azul comiéndose a gente y luego tragándose a sí mismo? Nah, la lanzaría a un pozo más profundo todavía: con seguridad, la condenaría a una vida de medicaciones forzadas, baba en la comisura de los labios y centros de esos que se llaman “por tu bien”.
Sintió un escalofrío, y sonó el teléfono.

- ¿Sí? – balbució María, agitada por sus recientes pensamientos.
- ¡Hola María! ¿Haces algo mañana viernes? – preguntó Miguel, su mejor amigo del instituto.
María había adquirido la costumbre de imaginar las caras de quienes la llamaban, algo que solucionaba casi siempre con el mismo gesto, el de la preocupación constante. Le desagradó que Miguel pudiera sugerirla un plan tan alegremente cuando en realidad se encontraba inquieto por su salud, por lo que se dejó de ensoñaciones para alejar el mal humor. - Mmh – contestó para ganar tiempo.
Y aceptó ir al parque.

No hacía exactamente mal tiempo. No era el tipo de clima que te preocupa porque te falte o te sobre ropa; el viento soplaba bajo la camiseta cuando María creía encontrarse abrigada, y sudores propios del verano aparecían en cuanto andaba unos metros. Por un momento, pensó que todo estaba mal en el mundo: su vida era un estercolero y lo peor es que no sabía si tenía frío o calor.
Miguel se encontraba sentado sobre el respaldo de un banco, leyendo un libro, “Escupiré sobre vuestra tumba” de Boris Vian.
- Es un título horrible – dijo María.
Su amigo cerró el libro y se sonrojó un poco. Procuraba crear una buena impresión, pero ese tipo de detalles parecían no ayudar. Bajó del banco, se acercó a María y le dio un fuerte abrazo.
Al principio, María se sintió reconfortada. No le gustaba nada de lo que le estaba pasando, y la gente se preocupaba demasiado pero no daba muestras de ello más allá de las palabras. Miguel sí lo hizo, pero enseguida comprendió que lo hacía más por la bulimia que por el conjunto, así que se enfadó y apartó a su amigo de un empujón.
- Quita…
- ¿Pero qué haces? – inquirió, con preocupación.
- Maldita sea – dijo María. No podía llorar. Se llevó los dedos a la sien y cerró los ojos, y cuando volvió a abrirlos había apartado la cólera. – Mira, lo siento, pero es importante que sobre todo tú comprendas que nada de lo que dice mi madre es verdad. Estoy curada, ¿vale?
- Vale.
- Pero tengo otros problemas. Antes de contártelos… – hizo una pausa. Un corredor con cascos de música hacía una gran parte de su recorrido con los ojos cerrados, como un caballo sesteando en pleno galope. María no supo por qué se fijó en él. – Quiero que me prometas que no me vas a tomar por loca. Va a sonarte muy raro, pero…
El corredor no vio al simio azul, que trotaba con las cuatro extremidades a su lado, y que se hinchó como si fuera un globo, preparándose para el festín. Víctima y verdugo corrieron a la par hasta quedarse a apenas tres metros de María y Miguel.
- ¿Pero…? – preguntó Miguel, alarmado por el tono de urgencia y locura de su amiga.
- ¡Mira detrás de ti! – exclamó María.
- ¿Por qué?
El simio decidió abandonar al corredor, aceleró y a un metro de Miguel pegó un salto. En mitad del aire, abrió la boca más de un metro noventa y, para cuando aterrizó, ya se había tragado al joven. Luego se quedó parado, en pleno desafío con María. Ella alargó la mano y tocó su hocico. Parecía real. Entonces el primate volvió a autofagocitarse.
- Hijo de puta – sollozó María.
Claro que era real.

Fe volante

Abril 23, 2009 por Seth Fortuyn

El cura estaba loco, eso pensaban sus habituales parroquianos. Porque por motivos que no quiso aclarar, ni siquiera en la última misa que ofició antes de partir, decidió batir el récord de permanencia en el aire con mil globos de fiesta.
La gente, los medios de comunicación, abarrotaron la pequeña plaza mayor de la ciudad, deseosos de ver volar al cura y, a ser posible, para arrancarle una confesión.
Pero fue imposible, porque el párroco era experto en sacar confesiones, no en darlas.
- ¿Y no teme que sea incapaz de manejar la trayectoria de su vuelo? – inquirió uno de sus habituales en misa.
- Dios guiará mi vuelo, ¡sin duda alguna!
Con esas palabras mandó que le soltaran con los globos, y subió y subió en el cielo estúpido y meteorológicamente desequilibrado, y fue alejándose cada vez más, arropado por los vítores y ánimos de los allí presentes.
Dos días más tarde, poco se supo de él, salvo que Dios había tenido a bien despojarle de unos cuantos globos.
Y ahora, sinceramente, ni Dios sabe dónde está el cura.
Ni por qué lo hizo.

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SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.

Abril 23, 2009 por Seth Fortuyn

De alguna manera, conseguí ver que mi madre estaba en el ascensor, manchada con una sustancia aceitosa y echando humo. Lloraba, golpeaba con sanguinolentas manos las paredes del ascensor (y las paredes, de un material parecido al plástico, se derretían bajo su tacto), y vomitaba varias veces presa de violentas convulsiones.
Luego yo estaba de vuelta en mi casa, en el recibidor. Mi madre acababa de llamar al telefonillo con su tono característico, impregnado de cierta urgencia. Pasado un rato, llamaron a la puerta. Era ella.
Mi padre estaba a mi lado, los dos asomados desde la puerta de la cocina, y desde la habitación contigua mi hermano levantaba los ojos de su consola para presenciar la entrada. Mi madre entró llorando, gritando de dolor, chillidos profundos de angustia más allá de lo soportable para una persona.
Y un olor nauseabundo flotaba.
No sabíamos cómo, pero a mi madre le había caído encima un líquido extraño, azul, viscoso, que burbujeaba en contacto con la piel. Supusimos algo de residuos tóxicos. Me viene a la mente el principio del Vengador Tóxico, pero sé que ningún mutante emergerá de esto, sino muerte, sólo muerte. De alguna manera intento pararlo, no mirar, escaparme, pero me encuentro caminando contra mi voluntad en dirección al baño. La negrura de mis ojos cerrados de poco sirve ante los destellos de mi progenitora, y la impresión, ineludible y desagradable, de que se le estaba derritiendo la cara.
En el baño nos congregamos todos. Mi madre llora en el centro, apagados sus gritos al encontrarse todo su cuerpo en tensión, a punto de derrumbarse. Mi padre prepara la bañera, y mientras la llena, se acerca a su esposa y la besa en los labios, levemente, con dulzura, manchándose un poco en la mejilla con la sustancia azul. Luego la abraza, inundado de cariño, e ignora las circunstancias en las que lo hace. Vuelve a besarla, la acaricia el pelo y sin quitarla la ropa, la mete lentamente en la bañera, llorando de pena porque sabe el destino seguro de su mujer. Sin rechistar, apenas un sollozo, ella entra en la bañera y el agua burbujea, reaccionando con la ponzoña que lleva encima; pero no grita, no vuelve a hacerlo nunca. Simplemente, se apaga, poco a poco, se consume bajo una capa de espuma que cubre la bañera y que la devora, la acoge en su seno.
Entonces mi padre se lleva la mano a la boca, y mira con ojos desorbitados la sangre y los trozos de piel que se le han quedado pegados a las yemas de los dedos; estos restos no duran mucho, porque la misma carne de sus dedos se desprende con insultante facilidad, hasta que cae al suelo, plop, plop. No se permite llorar, para no provocar ningún sentimiento de pena en sus hijos. No quiere rescates porque sabe que no hay rescate posible, que la única solución es tirarse en el suelo y esperar. Se tumba en el suelo, apoyándose con las manos y bajando su peso, y por poco los huesos de sus antebrazos atraviesan el codo, de lo endeble que se ha convertido su ser.
Mi hermano, que llora junto a mí, se dispone a actuar. Le pido por favor que pare, pero no me hace caso, y se acerca al cuerpo tendido de nuestro padre. Toma su pulso, y nuevos pedazos de carne se desprenden de su cuello y se le quedan pegadas a los dedos. Sacude la mano. Dice que no hay pulso. Entonces se acuclilla a su lado y se dispone a hacer una reanimación cardiopulmonar.
De forma instintiva, retrocedo, miro de lejos.
Victor, que así se llama mi hermano, se prepara, toma aire por la vivencia desagradable que estamos teniendo y se dispone a empezar. Coloca las manos firmemente entrelazadas sobre el pecho de mi padre, oprime… y se hunde, violentamente, en la cavidad torácica, revienta costillas, órganos, aplastasta la columna vertebral y toca el suelo con facilidad pasmosa. La impresión, la sensación de hundimiento le coge tan de sorpresa que acaba con la cara en el interior del pecho abierto, y se levanta.
- No huyas, por favor.
Me dice.
Y poco a poco, su cara se derrite. Mi madre está en la bañera, convertida en una sopa de carne descompuesta. Mi padre, con el pecho abierto y expresión beatífica, parece haber muerto sin sufrimiento.
Empiezo a correr, desesperado, buscando la salida. Mi hermano corre, me pide que le acompañe, que no le deje solo. Que no quiere morir, que no le deje morir, que le coja la mano. No seas cobarde, gime. No me abandones ahora. Te necesito, dice.
Te necesito, y rompe a llorar.
Recorremos el mismo camino que mi madre pero a la inversa. Atravesamos la puerta de entrada y comienzo a bajar las escaleras. Estoy bien. No me ha tocado nada de esa sustancia. Viviré. Quiero vivir.
- ¡Por favogh! – grita y llora mi hermano, con la boca inundada de sangre y su cara goteando en el suelo.
Detrás de mí, mi hermano duda un segundo en bajar las escaleras y retoma la persecución. Pero apenas hemos bajado un piso, sus rodillas no aguantan su peso. Su cuerpo se desmorona. Para ser concretos, sus fémures atraviesan las rodillas y medio cuerpo abandona a su otra mitad, y lo que sale disparado se estampa contra el suelo en una violenta diseminación de fluidos rojizos que salpican todo.
Incluida una gota que, traviesa, comienza a escurrirse en mis mejillas.

Los burros son la más dulce de las bestias

Abril 23, 2009 por Seth Fortuyn

Aquello nada tenía que ver con la ciudad. El Sol se levantaba orgulloso en el horizonte, sin nada gris en el cielo para hacerle frente o multiplicar su calor, y contra el cielo se recortaba una hermosa y rústica estampa donde cualquier hombre de ciudad podía poner los hombros en jarra y exclamar, excitado:
- ¡Esto sí es vida!
El hombre de los brazos en jarra, Antonio, que se había despertado, no con el sonido de un gallo, sino con el temprano e insistente rebuzno de un asno, venía de la ciudad de Madrid, y tal y como le habían aconsejado sus amigos y su terapeuta, volvió reticente y desconfiado al campo, aquel al que solía ir de pequeño. No obstante, cuando contaba con diez años había comprobado atónito cómo un lugareño fornicaba indistintamente con gallinas y corderos, y aunque al principio su mente infantil intentaba tapar los hechos con vivencias más agradables y juegos, comenzó a tener pesadillas recurrentes de pollos con cabeza humana, y jerseys de lana procedente de paletos peludos; antes de cumplir veinte años, decidió no volver nunca a aquellos parajes, ni a cualquiera que se les pareciera, dejó de comer pollo asado y cordero y empezó a considerar la ingesta de huevos como un acto de piedad. Sin embargo, ahora tenía treinta y cinco años y aunque había dejado el tabaco, tosía con frecuencia; el cabello se le caía a puñados, que a veces tiraba al retrete con desprecio y otras veces acariciaba como si cada uno fuera un hijo; y las pocas horas de sueño que tenía no eran provechosas y resultaban poco saludables. El diagnóstico fue demoledor: estrés. Demasiado estrés.
Fue la insistencia de su novia y algunos de sus amigos más cercanos por lo que cedió. No contó la noticia a sus padres, pues estaban seguros de que Antonio no volvería a la tierra de sus abuelos y no quería estropearles aquel pensamiento que habían tardado varios años en asumir. Tratar de explicarles el súbito cambio de parecer, motivado por media hora frente a un médico, podría parecerles injusto si se tenía en cuenta que ellos habían hablado del tema mucho más tiempo.
Y cogió las maletas, condujo dos horas con un par de discos de Fleetwood Mac y acabó en medio de Castilla y León, y antes de que se diera cuenta estaba desempacando sus cosas en la pequeña casa que hacía años le vio jugar. Nada había cambiado en aquel pueblo, y tuvo un ataque de ansiedad al ver una vaca pasar frente a su casa; se encerró en la vetusta casa de sus bisabuelos y respiró hondo: había venido para tener algo de descanso, no para rememorar viejos y malos momentos.
Así, en aquella gloriosa mañana, Antonio creyó volverse a reconciliar con las raíces familiares, e inflado de valor y optimismo, se lanzó a un temerario paseo por los tranquilos campos que se encontraban a apenas diez minutos de camino agreste. Como no sabía dónde ir, decidió rastrear los rebuznos que le habían despertado, y encontró una pequeña granja, con un pequeño granjero de unos cincuenta años a sus puertas, subido a un taburete y peinando al asno, que se había tranquilizado. A su lado había un plato con mantequilla, y aunque el olor no era el ideal, Antonio pensó que un desayuno al lado de un burro siempre podría ser mejor que en una ciudad llena de contaminación.
- Bonito ejemplar – dijo Antonio, contento.
- ¿Eh? – el lugareño trató de encontrar un significado a aquella palabra, como quien busca el significado a la palabra “kadapaloulos”.
- Digo que el burro es muy bonito.
- Ya ve, ¿eh? – contestó, palmeando con orgullo los cuartos traseros del animal -. ¿Quién es usted?
- Antonio Moreno, el hijo de Hernán Moreno…
- … el Gamusino.
- No, Hernán Moreno – contestó airado Antonio. No soportaba los motes de pueblo, ni que le recordaran que su padre era bajito y de actitud esquiva.
- Coño, el Gamusino.
- ¡Que no, que es Hernán Moreno!
- ¡EL GAMUSINO, ES EL JODÍO GAMUSINO COÑO!
Antonio desistió. No necesitaba hacer entrar en razón al lugareño; ya se creía lo suficientemente superior a él.
- Vale. Ése – suspiró.
- ¿Y qué le trae aquí, Gamusinillo?
Su mente se tomó un poco de tiempo para pedir tranquilidad, pues abortó un golpe de estado de su boca para gritar su nombre. La parte reptil de su cerebro, director de orquesta del golpe, se negaba a dar su brazo a partir, por mucho que pudiera regenerarlo, pero acabó recapitulando y volvió a sus tareas habituales. Al final, Antonio explicó con voz átona: El estrés. Tengo muchos nervios, y pensé que esto sería lo mejor.
- Pues ha acertao de pleno. ¿Sabe cuál es mi remedio?
La mente urbanita de Antonio soñó con paseos en mitad del campo, la apacible rutina de una vida al margen de las prisas inventadas por el mundo civilizado, la comunión con la naturaleza y esas cosas.
- Sorpréndame – replicó ufano.
- Hágaselo con el burro. Le dejo, pero no se envicie, ¿eh?
- ¿¡Qué!? – gimió Antonio. Viejos traumas no sólo se desenterraron, sino que amenazaron con erguirse y darle un bocado en la pierna.
- Oh, al principio son algo ariscos, pero enseguida se dejan, ¿sabe? Son la más dulce de las bestias, no como dicen de la mujer, que uno nunca sabe a qué atenerse, porque les duele la cabeza o te atizan con la sartén si les insistes un poquito…
- ¿Cómo será un poquito para este hombre? – pensó Antonio.
- … pero aquí ve a éste, que todas las mañanas me levanta a rebuznos para que le dé lo suyo.
- Oh Dios, y me dirá que la manquilla es para él, ¿no?
- No, ¡es para mí! Je, je, je. Es que me ha interrumpío, ¿sabe?
Antonio salió corriendo hacia la casa de sus bisabuelos, volvió a hacer las maletas y salió escopeteado de allí. El lugareño contempló su huída entre risas de satisfacción.
- Estos de ciudad – dijo a su compañero équido sin soltar su grupa -, se piensan que nos lo hacemos con todo. ¡Un burro! ¿Quién sería tan bestia? Todo el mundo sabe lo fáciles y placenteras que son las gallinas.
El burro rebuznó furiosamente un par de veces.
- No te pongas así, ¿vale? Sabes que no puedo dejarte mirar.

Mala suerte

Abril 23, 2009 por Seth Fortuyn

Sergio no se creía la mala racha que estaba pasando. Pensaba que no era justo tener nueve años y verse asediado de aquella manera por los problemas: cinco asignaturas suspensas; sus padres discutían sin parar y su mamá decía que se iba de casa; sus compañeros le llamaban niñato por creer todavía en los Reyes Magos.
Aquella noche del cinco de enero, justo antes de la medianoche, Sergio no podía dormir debido a los gritos de sus padres, acompañados por un molesto ruido de bolsas de plástico. Así que se asomó a la ventana, en busca de una señal que le devolviera la fe en su mundo: como por ejemplo, una luz que demostrara la existencia de los Reyes Magos.
Algo parecido ocurrió, pues el meteoro DX14-DANTE se desvió de su trayectoria y emprendió un rumbo de colisión contra la Tierra. Y Sergio consideró la entrada del meteoro a través de la ionosfera como una señal.
No se lo podía creer, ¡eran los Reyes! Se despegó de la ventana y fue al salón corriendo, deseoso de compartir la noticia con sus padres, cuando se llevó un gran chasco.
A pesar de sus disputas, ambos progenitores habían aparcado sus diferencias, y estuvieron sacando regalos de varias bolsas hasta la irrupción de su hijo, que con un rápido vistazo comprendió todo.
Vaya mala suerte tengo, pensó Sergio.
Y entonces, mientras lloraba desconsolado y desencantado, el meteoro arrasó con su barrio.
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SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.