El juego del abuelo

abril 8, 2018

Mientras esperaba en la consulta del médico, Jonás cayó en la cuenta que sus ochenta años de vida caerían por el desagüe en el momento que estirara la pata. Dos horas después, cuando llegó a casa, se puso a escribir frenético y a preparar una aplicación para máquinas de realidad virtual. Había sido programador, de modo que le fue más sencillo preparar el programa que recopilar sus recuerdos.

Sólo dos años después, tenía al fin una demostración preparada.

— ¿Estás seguro de esto, abuelo? — preguntó Ernesto, de quince años, a su abuelo. Era la sexta versión que probaba del proyecto de su abuelo y ya estaba empezando a cansarse: el mundo diseñado por Jonás no aguantaba un análisis ni siquiera superficial y era lógico, pues la intención inicial había sido una simulación del mundo de hacía setenta años y un hombre solo no podía acometer semejante proyecto.

Jonás sonrió mientras se ajustaba unos electrodos a su cabeza.

— Seguro que sí.

El error había sido intentar crear un mundo de cero usando el lenguaje de la máquina. Cuando dio con la solución, Jonás soltó una sonora carcajada, porque el enfoque inverso fue mucho más efectivo: ideó una forma de que el sistema leyera sus pensamientos y los interpretara, de modo que la simulación tuviera un coste compartido. Él ponía las ideas y el ordenador las vestía con bits.

La máquina se encendió y un zumbido recorrió la habitación, como si la misma casa fuera a levitar. Ernesto parpadeó una vez…

… y se encontró en 1985. Hacía calor y Ernesto era un niño de diez años, y reconoció las figuras que le franqueaban como sus bisabuelos. Olía a palomitas; estaba en un cine. La excitación terminó pronto cuando comprobó que iban a ver Los Goonies. Odiaba esa peli de mierda y sobre todo su estúpida media hora, donde los niños lo tenían demasiado fácil para vencer a unos mafiosos.

Quiso avanzar el tiempo, pero su abuelo no le hizo caso. Jonás se había adjudicado la labor de demiurgo y su presencia era como notar un escape de gas en una habitación: invisible, molesta y expansiva. Los detalles eran impresionantes, hasta que tocó la tela de sus pantalones y descubrió que tenían el mismo tacto que los que llevaba puestos en el mundo real. Ahí se dio cuenta de que su abuelo le estaba utilizando: que el esfuerzo de crear ese mundo no era compartido entre su abuelo y la máquina, sino que le tenían a él como auxiliar entre bambalinas, proporcionando sensaciones y con el esfuerzo para mantener todo unido.

De modo que Ernesto se tomó la experiencia como un videojuego de mundo abierto, donde el tedio se sustituye por las mayores salvajadas que uno puede imaginar, sólo por el placer de hacerlo.

Primero pisó a su bisabuelo en el pie y luego arreó una bofetada a su bisabuela. Después se fue corriendo a la sala donde ponían Los Goonies y gritó a los asistentes cómo acababa esa penosa película; corrió entre las butacas; pegó a los asistentes hasta que encontró a uno que fumara y le robó el encendedor. En sólo media hora, destrozó la simulación de la relación que Jonás tenía con sus padres, hirió a varias personas y empezó el incendio de un cine que en la vida real nunca sucedió, porque la sala sucumbió durante una crisis y se transformó en una tienda deportiva.

Su abuelo suplicó al principio y lloró más tarde, pero el papel que se había otorgado le impedía tener un rol activo. Quiso vivir a través de su nieto, pero éste le había defraudado. Peor aún, le había traicionado y la alteración de la simulación tuvo el dramático efecto de destruir sus auténticos recuerdos.

Cuando Ernesto se quitó el casco, su abuelo babeaba, muerto en vida. Lo lamentaría siempre, pero de ningún modo estaba dispuesto a que le usaran para vivir un pasado que no era suyo: estaba determinado a construirse un futuro, el suyo y de nadie más.

Jonás no volvió a decir nunca una palabra más salvo una rara, que nadie entendía… algo como guni…

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El significado de la Navidad

enero 7, 2018

Luis intentaba mirar a través de la ventana de su quinto piso. Quería ver las luces que la asociación de vecinos había colocado en las calles, pero con tanta iluminación en su salón, navideña y habitual, sólo se veía a él mismo reflejado, superpuesto contra su voluntad sobre Madrid. Quiso pedirle a su mujer que los dejara a oscuras, que quería ver si la Navidad era también esa contaminación lumínica hortera que habían pagado entre todos, pero supo que era una tontería muy poco después de tener la idea.

Entonces llamaron a la puerta, supo que era uno de sus dos hijos, y volvió a su trance habitual, como si fuera la aguja de un tocadiscos y le bajaran sobre los surcos que recorría a diario. Pero una pequeña parte de él latía a destiempo, sí, un secretito que guardaba y que se moría por usar bajo cualquier excusa.

Y así se quedaría durante toda la cena de Nochebuena, un niño ansioso por abrir su regalo, aguardando una señal. Hasta entonces, dormiría con los ojos abiertos: estaba acostumbrado.

 

Casi toda la familia esperaba que la cena transcurriera con la placidez habitual. Se llenarían de embutidos, marisco, aperitivos, bebidas, pan, y luego Beatriz sacaría la pava, ésa que su marido Luís y ella habían cocinado toda la tarde, y alguno de sus dos hijos, lo más probable Alberto, se quejaría en voz alta de que no hacía falta pava con tanto entremés. Y más tarde se felicitaría a los chefs, despejarían la mesa rápido, servirían los postres; cava, brindis, charla. La entrega de regalos como colofón.

Luis se veía ya en la cocina. Guardaré los platos con parsimonia y luego me escabulliré a la terraza que da al patio interior, y entonces…

— Pues Sofía y yo tenemos una noticia que contar — irrumpió Fran, el otro hijo.

Su padre volvió en sí, desilusionado por despertar tan pronto. Aún estaban con los entremeses.

Fran anunció que estaban esperando un hijo. Su hermano se levantó llorando para abrazarle y las concuñadas se felicitaron con una sonrisa. Beatriz también lloró, y se dedicó a besar a todo el mundo, con urgencia, como si sus labios tuvieran una vacuna que tenía que administrar de inmediato.  

Pero Luís se quedó paralizado. Los años que no había notado pasar transcurrieron todos de golpe. ¿No era demasiado pronto? No. Él contaba treinta y cinco cuando tuvo a Fran y Alberto: ambos cumplieron treinta y dos cuatro meses atrás. ¿Era el mejor momento? ¿Lo harían bien? Tampoco le correspondía contestar a ninguna de esas preguntas, esas que Luis ya se hiciera al ser padre. De ese modo tuvo la vertiginosa idea de que ya había contribuido al futuro y que éste ya no le necesitaba para seguir construyéndose.

Al final Luis se incorporó a la alegría general y nadie notó su zozobra, al menos hasta que brindaron y, en mitad de la charla posterior, se excusó para recoger los platos.

 

El patio interior delataba que sólo un par de pisos estaban vacíos. La ropa colgaba entre nubes de vapor que salían de las calderas, a las que se había sumado otra nube muy distinta: por fin, Luis pudo abrir su secretito, el puro que había comprado de estrangis esa mañana.

Nada impedirá que me lo termine, pensó. Y por eso no lo apagó, ni se escondió, cuando Fran recorrió la cocina y se le unió a la terraza del patio.

— ¿No habías dejado de fumar?

— Por hoy, he vuelto. La ocasión lo merece, ¿no?

— A mí no me pongas de excusa, que todos sabemos que te has pasado ocho años de mono.

— Pues entonces tengamos la fiesta en paz, ¿vale?

Fran quiso quitarle el puro de un manotazo, pero pasaba de peleas. No sabía lo que era discutir en serio con sus padres desde los veinte años y no iba a refrescar la sensación en un día tan bonito.

— Pero se supone que no podías fumar más, ¿no? Que tenías bronquitis crónica y que era fumar o palmarla.

— En realidad no es así.

En realidad sí lo era, pero Luis se mentía a sí mismo. Tenía tanta práctica que conseguía creerse a menudo.

— Mira, hijo, es que… después de veros independizaros y ahora con esta noticia… tengo la impresión de que ya no necesitáis que os esté cuidando. Que podéis hacerlo solos, ¿vale? Así que he decidido que ya puedo hacer lo que me dé la gana.

— Pero eso no está bien, papá.

Fran le puso la mano en el hombro a Luis, y su mirada le hizo más daño que cualquier tos matutina provocada por las flemas, de esas que le partían por la mitad.

— Prefiero… — Fran pensó que ponerse a él no sería suficiente, que tenía que añadir peso a sus argumentos para que su padre no pudiera disiparlos, tal y como hacía con el humo que salía de su boca. — Preferiríamos, tu futuro nieto también, tenerte por aquí más tiempo, aunque sea con mono. ¿Me prometes que éste es el último? ¿Y ya no fumas más?

Luis tocó la mano de su hijo.

— Éste y no más.

Se abrazaron con fuerza, para sellar el trato, y Fran volvió al salón para seguir hablando de todas las disparatadas prohibiciones que se le hacían en la actualidad a las embarazadas, para sorpresa de Beatriz.

Luis se terminó el puro con una sonrisa. Porque la Navidad era esto: las luces horteras, las cenas familiares, los regalos inesperados como la noticia de Fran o el libro de Ken Follet que le daría Alberto más tarde. Pero no podía quitarse de la cabeza que el día 26 correría al estanco a comprarse el primer paquete de cigarrillos en años, el primero de muchos, y que la Navidad también era engañar a tus hijos para que sean felices, al menos durante una temporada.

— Feliz Navidad — dijo Luis a nadie, al humo, a sí mismo.


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Jovencitas calientes

enero 23, 2012

El tipo fue al chino a comprar algo de cinta de embalaje y unas pilas, y no pudo evitar mirar la selección de películas porno. Al principio desviaba la vista como si no hubiera allí ninguna estantería, las baldas llenas de cintas de video nuevas en la parte inferior y deuvedés porno en la superior. Caminó hasta el fondo de la tienda, buscando la dichosa cinta, y cuando la tuvo en sus manos se sorprendió pensando en esos discos… intentó reflexionar al respecto: estaba casado desde hacía varios años, tenía hijos, ya adultos, y el sexo en parte había perdido mucho aliciente. Ni su cuerpo ni el de su esposa eran ninguna maravilla, y de hecho ambos habían engordado a lo largo del tiempo, hasta que eso de follar quedó sustituido por amor meramente platónico.
Qué demonios, pensó mientras cogía una película,’ Jovencitas Calientes’, con una rubia disfrazada de colegiala, de pechos turgentes y pezones pequeñitos y sonrosados, descubiertos bajo una camiseta enrollada hasta el cuello. Con una mano se levantaba la falda a cuadros y con la otra lamía una piruleta mientras observaba al posible comprador con ojos zalameros.
Pagó ocho euros por todo y se marchó a casa, con la película escondida entre los pliegues de su abrigo.

Una semana después pudo, por fin, quedarse una mañana solo en casa. Su mujer había ido a ver a una de sus hermanas y los chicos fueron con sus amigos a una sesión matutina en el cine. Calculó que, en unas tres horas, nadie le molestaría, y podría ver al fin la mercancía que había comprado.
Je. Mercancía, pensó. Como si fuera a drogarse o algo así. Sólo por eso, se excitó un poco más. Estaba expectante, casi ansioso, de observar a aquella rubia en acción. Moverse y gemir, y si tenía alguna amiga en el juego, mejor.
Vamos, vamos, vamos. Con una suave erección vio al reproductor engullir el disco, y acogió con entusiasmo y los pantalones bajados, ya sentado sobre el sofá, la película… ¿”Colegialas Cachondas”? Sin desagradarle el nuevo título, se vio algo decepcionado. Había pagado por “Jovencitas Calientes”, ¿y si aquella rubia no salía?
No importa, se dijo, en estas películas siempre salen mozas bien dotadas.
Con la pija en la mano, casi a punto, vio a un trío de horribles inglesas, de dientes torcidos y caras de escaso atractivo, cuerpos carentes de erotismo, seducir a un pobre joven, éste sí bien parecido. Casi sintió lástima de la escena, soltó su polla fláccida y con las manos empapadas en sudor, sacó el disco y lo guardó en la caja.
Se sentía decepcionado, por la erección y el dinero perdidos. Se sentía vencido por el chino, y eso que el pobre hombre que le atendió ni sabría lo que había debajo de aquella carátula; no se atrevería a devolver la película y hacer pasar por un mal trago al vendedor y a sí mismo.
Al final, la película quedó escondida encima de unos viejos libros que, confiaba, nadie tocaría nunca.
Ni siquiera él.

Seth Fortuyn, cronista de fracasos cotidianos.

Sociópata Vintage
Porque los bits también se reciclan.

Publicado el 10 de Noviembre de 2005.
Entrada original. 

Juventud inalcanzable

enero 21, 2012

Verena Berggren quería, gracias a las propiedades rejuvenecedoras de la flor de edelweiss, vivir eternamente. Pero la cruel flor escalaba más y más alto los Alpes mientras Verena sufría el inexorable paso del tiempo.

Al final, con cien años, Verena murió, incapaz de subir a tres mil metros.

Y el dinosaurio estornudó... - Relatos en 50 palabras o menos. © del autor.

Zurich – Esa expresión imborrable

enero 10, 2012

La mujer, cuyo nombre no quiere que se sepa, tiene un perro, llamado Lucky, de estos pequeños, un perro patada, un caniche o una raza parecida, emparentada más con un roedor que con un cánido, un esperpento diminuto y ladrador, al que agasaja con cuidados que sólo un 1% de la población mundial puede disfrutar de continuo. Le cortan las uñas experimentadas esteticistas, los mejores peluqueros caninos se pelean por cortar briznas del diminuto ejemplar, asiste a programas anti estrés y, por supuesto, es sacado a pasear todos los días.

La mujer, cuya vida familiar no quiere desvelar, es rica hasta extremos ridículos, dicho esto no en sentido peyorativo, sino como aproximación. La mujer posee una riqueza inversamente proporcional al tamaño del perro, de la misma manera que un grano de arroz es inversamente proporcional a un edificio de oficinas de veinte plantas.  Podría comprarse un par de países y aún le quedaría dinero para vivir de forma holgada el resto de su vida, así que tiene todo lo que querría comprarse. Y, por lo tanto, desea las cosas que no puede comprar.

La mujer, de pasado ignoto, no posee ningún talento ni característica especial. No canta ni en la ducha. Su única habilidad consiste en haber estado en un sitio concreto en un momento determinado, en lo que podemos suponer que fue una boda hace varios años. Posee cierta picardía y una mentalidad extravagante y exacerbada por su riqueza, y una tendencia infantil a querer ver satisfechos todos sus deseos, incluso los más ridículos.

La mujer, estancada en una treintena impersonal embalsamada por la cirugía y los agentes químicos, sólo tiene una ocupación. Pasea a Lucky con devoción, ya sean las siete de la mañana o las nueve de la noche, y aunque están escoltados por dos guardaespaldas, ella siente que está a solas con el perro. Como no puede comprar la atención de la gente y no es capaz de atraerla por sí misma, la desea con fervor; como quiere ver satisfechos todos sus deseos, los peluqueros están dispuestos a dejar a Lucky con un aspecto extravagante que varía cada dos meses; como hay que sacar a Lucky, se encarga ella, porque vive de observar las caras de la gente cuando ven a su mascota andando sin preocupación.

Y así, la mujer, que gusta de aparecer por sorpresa en cualquier lugar del primer mundo, ha sido vista en la Kärntner Strabe de Viena, la Faubourg-Saint-Honoré de París, la Oxford Street de Londres, la Kurfürstendamm de Berlín… algunos comentarios vertidos en Internet la sitúan en la Rua Augusta de Lisboa y la Grafton Street de Dublín, pero la mujer, tal y como están las cosas, jamás se dignaría a reconocer que estuvo allí.

Yo la vi en la Bahnhofstrasse de Zurich. A la mujer no la recuerdo muy bien, porque respondía a un estereotipo muy claro de mujer acaudalada y, por tanto, fue fácil quedarse con las características básicas pero no con los detalles. Pero el perro… aquella rata chillona aún me hace gracia cuando pienso en ella, pues me fue imposible quitarle el ojo. Esté donde esté ahora esa mujer, estoy seguro de que mi reacción la satisfizo.

Foto de Hola.com de la Bahnhofstrasse de Zurich.

El Sociópata viajero - Hay locos en todas partes, montañas de locos, montones de locura. © del autor.

Trébol sin hojas

marzo 23, 2011

Uno de los cabecillas del DARPA (la Agencia de Investigación de Proyectos Avanzados de Defensa norteamericana) se dejaba llevar demasiado por sus lecturas. Un ejemplo: durante la Guerra de Vietnam propuso enviar elefantes mecánicos a liberar Hanoi cuando descubrió las campañas de Aníbal contra los romanos. Antes de su destitución por sugerir una forma de erradicar a los homosexuales inspirada en ‘La Guerra de los Mundos’, pudo sacar adelante el ‘Proyecto Trébol’ para el estudio y cultivo de la buena suerte, algo mencionado por los titerotes en ‘Mundo Anillo’ de Larry Niven.
Se consiguió la participación de ciento cincuenta y siete jóvenes universitarios que se consideraban afortunados, aunque la única prueba que realizaron fue una entrevista personal. El doctor Newt, subdirector del proyecto, estaba preocupado al respecto, y así lo hizo saber en el convite de inauguración de los ensayos:
– Confiar en la palabra de unos chicos deseosos de dinero fácil… – dijo, copa en mano, poseído y vehemente, mientras regaba al público -. Si el proyecto sale bien, ¡eso sí que será suerte!
En catorce meses se gastaron dos millones y medio de dólares, pero los resultados fueron descorazonadores: sólo un dos por ciento de los participantes tuvieron una racha más o menos constante de buena suerte, nada útil ni determinante.
Y estaba Jesse Colbert.
Jesse, como todos, juró en la entrevista de selección que nunca había tenido una mala época. Sin embargo, en lo que duró el proyecto casi siempre tuvo problemas: las pruebas periódicas de reactivos químicos (sustancias que, mezcladas, tenían una pequeñísima probabilidad de reacción exotérmica), los juegos de azar… todo le salía mal.
El experimento continuó, al borde del fracaso, hasta que Jesse provocó el incendio del laboratorio principal. Antes de desaparecer para siempre, se plantó ante una cámara de seguridad y dijo:
– Lo siento. Les mentí. He sido un gafe toda mi vida, pero necesitaba el dinero. Y ya ni eso: mi edificio ha sido demolido por error y mi novia murió aplastada mientras se tiraba a mi mejor amigo. Adiós.
Por sorprendente que parezca, la primera fase del Proyecto Trébol se clausuró con un rotundo éxito. En palabras del doctor Newt: “Si existe un gafe tan magnífico como el señor Jesse Colbert, ¿cómo no va a existir la suerte? Y si existe, averiguaremos cómo funciona y cómo usarla en nuestro favor”.
El doctor Newt abandonó contrariado el proyecto en el 2010 por causas desconocidas, y murió al día siguiente cuando se resbaló en la ducha. Los sucesores del ‘Proyecto Trébol’ prometen otro éxito inminente.

Hacia costas ignotas

marzo 1, 2011

– ¿Y bien?
Los pensamientos de Mario zarparon. Durante años, habían recalado frecuentemente en costas sureñas (cuando pensó con los genitales o el culo), pero ahora navegaron, por vez primera, hacia el norte, donde el amor se resquebraja y la pasión se disipa. Y dijo:
– No.

Y el dinosaurio estornudó... - Relatos en 50 palabras o menos. © del autor.

El origen del mal

marzo 1, 2011

Al principio, el Hombre sólo quería comida, fuego y refugio, pero se le apareció Minia, la Serpiente Cósmica, cuya cola dorada despertó su avaricia. El Hombre intentó capturarla, más no pudo, y jamás olvidó su fracaso. Por eso, aún hoy la busca con denuedo y violencia.

Y el dinosaurio estornudó... - Relatos en 50 palabras o menos. © del autor.

Piratas aéreos

febrero 11, 2011

Dicen que, en 1720, Calicó Jack preguntó a una bruja cómo serían los piratas de años venideros. Ésta le mostró, en una bola de cristal, su mayor golpe: dos pájaros de metal contra dos torres; miles de muertos; ningún botín. Indignado, repudió la piratería y se dejó capturar.

Y el dinosaurio estornudó... - Relatos en 50 palabras o menos. © del autor.

Viena – La fuente de Donnerbrunnen

diciembre 15, 2010

En la mayoría de las fuentes bonitas y accesibles del mundo, el turista ocasional pide un deseo y lanza alguna moneda a su lecho, pues considera que no ha tirado suficiente dinero durante el viaje. Y según la importancia o urgencia de la aspiración que se le ocurra en el momento, tantas monedas lanza o tanto es su valor.
Por norma general, las monedas permanecen en el fondo mucho tiempo: hay cierta reverencia hacia su valor simbólico, sea éste respeto, agradecimiento o un deseo. Pero en la fuente de Donnerbrunnen, Viena, las monedas no aguantan más de un par de días. Las piezas son recogidas con celeridad por Albert, un mendigo que nadie ve hasta la madrugada. Las guarda en los bolsillos, sale corriendo a su guarida y chapotea por el camino hasta quedarse seco.
Las monedas, una vez rescatadas, van a ser usadas de nuevo, piensa Albert, y eso le parece inaceptable. No es un individuo religioso, no le confundamos: pero sí tiene fe en lo que las monedas pueden hacer por quienes fueron sus dueños. Los deseos podrían no cumplirse de inmediato, sino varios años después, ¿y cómo iba a ser eso posible, si alguien ha utilizado esa misma moneda para desayunar un café con bollos? ¿Cómo iba a obrar un milagro el dinero, si la magia imbuida por el monumento se diluye en una transacción comercial?
Albert se conforma con saber que, en el interior de un par de maletas de piel en las afueras de la ciudad, se encuentran a salvo los sueños de miles de personas. Y aunque se muriera de hambre, nunca se atrevería a usar dichas monedas, razón por la que mendiga durante horas para pagarse el sustento.
Sólo hay una cosa que reconcome a Albert, y es el no saber qué preparar para cuando no esté. Se imagina que encontrarán su cadáver y se preguntarán por qué no gastó ni un céntimo de aquellas maletas; por qué pedía dinero en el centro de la ciudad. Y hasta que encuentre una solución, reza todas las noches:
– Por favor Dios, haz feliz a toda esa gente antes de que yo ya no esté.

El Sociópata viajero - Hay locos en todas partes, montañas de locos, montones de locura.© del autor.