El simio azul es un glotón (I)

Una lágrima cayó al fondo de la taza, se mezcló con el agua, el desinfectante que le daba su color químico y azulado y su propio vómito. María sintió una profunda tristeza.
Pensó que no quería derramar más lágrimas en la cisterna.
Pero así era el sacrificio personal; a pesar de tener un aspecto prácticamente saludable – salvo, quizás, por las profundas ojeras y marcas blancas en las uñas y puntas abiertas en el pelo -, realizaba aquel rito de exorcismo alimenticio todos los domingos, y algún día entre semana.
Sólo cuando un detalle tan, en apariencia, vulgarmente poético como sus lágrimas mezcladas con el vómito, le hizo estremecerse, pudo coger algo de perspectiva. Desde que empezara con estas prácticas, cada vez que cruzaba la puerta del baño conseguía desembarazarse de su sentido común, que permanecía flotando sobre su cabeza, unidos ambos por un fino hilo; y aquel momento hizo que tirara del hilo para sí antes de tiempo. Más tarde recordaría ese instante, porque fue cuando sus fluidos convergieron cuando pudo situarse a la distancia justa para comprender la locura que estaba haciendo.
Se apoyó en la cisterna para levantarse y acabó sentada sobre la taza, a punto de reír. Todo era ridículo. Un año se había pasado ocultando ese pedacito repugnante y miserable de su vida, con un miedo permanente a ser descubierta por su familia. Se imaginaba yendo a terapia, sometida a la mirada acusadora, o condescendiente, de todos cuanto la rodeaban (incluso de quienes le exigían un canon de belleza que le costaba alcanzar); y sentía sudores fríos, y se veía incapaz de soportar la presión de seguir en pie, no por ella misma, sino por los demás.
Quince años, se dijo. Se sentía mucho más vieja, pero el espejo le escondía las arrugas más profundas.

María había despertado de la pesadilla que se había autoimpuesto, y se sintió profundamente afortunada de haberlo hecho sola. Claro que sus padres podrían haber sospechado algo, pero no había conductas extrañas en su comportamiento de la puerta del baño para fuera; era su secreto junto a la cisterna, y el recuerdo se colaba por el retrete al tirar de la cadena.
Por lo tanto, a menos de que la hubieran espiado (¿qué era eso?), mantenían intacta su confianza en que ella era una chica normal para los demás.
María se acercó al espejo, y entrecerró los ojos como si un gran secreto fuera a aparecer de un momento a otro. Percibió algo que sobraba en el cuarto de baño, pero no daba con su localización; era una sensación extraña, como hablar con una persona que nunca parpadea.
Por fin, después de cinco minutos de nerviosa búsqueda, dio con un pequeño objeto escondido entre la docena de champúes que reposaban junto a la bañera. Creyó que era una cámara, y su rostro fue enrojeciéndose a medias por la culpa, a medias con la cólera.
Un parpadeo después, aquello dejó de parecerse a una microcámara, y reveló su auténtica forma: la de un botón, grande y considerablemente ancho.
Y mientras ella elucubraba sobre su vida a partir de su particular epifanía, su madre, que solía escuchar y sufrir los gorgojeos de su hija al borde del váter, decidió pasar a la acción y arrastrarla al psicólogo, ajena a su nuevo estado.

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Una respuesta to “El simio azul es un glotón (I)”

  1. Ada Says:

    ¡Al fin puedo leerlo! El de ya.com nunca se me llegaba a abrir.

    Ahora después dejaré mi elucubración en la entrada del concurso (aunque no sé si estoy fuera de plazo).

    Me ha gustado esta primera parte, sobre todo los últimos párrafos (un misterio muy bien construído).

    Saludos,

    Ada

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