De alguna manera, conseguí ver que mi madre estaba en el ascensor, manchada con una sustancia aceitosa y echando humo. Lloraba, golpeaba con sanguinolentas manos las paredes del ascensor (y las paredes, de un material parecido al plástico, se derretían bajo su tacto), y vomitaba varias veces presa de violentas convulsiones.
Luego yo estaba de vuelta en mi casa, en el recibidor. Mi madre acababa de llamar al telefonillo con su tono característico, impregnado de cierta urgencia. Pasado un rato, llamaron a la puerta. Era ella.
Mi padre estaba a mi lado, los dos asomados desde la puerta de la cocina, y desde la habitación contigua mi hermano levantaba los ojos de su consola para presenciar la entrada. Mi madre entró llorando, gritando de dolor, chillidos profundos de angustia más allá de lo soportable para una persona.
Y un olor nauseabundo flotaba.
No sabíamos cómo, pero a mi madre le había caído encima un líquido extraño, azul, viscoso, que burbujeaba en contacto con la piel. Supusimos algo de residuos tóxicos. Me viene a la mente el principio del Vengador Tóxico, pero sé que ningún mutante emergerá de esto, sino muerte, sólo muerte. De alguna manera intento pararlo, no mirar, escaparme, pero me encuentro caminando contra mi voluntad en dirección al baño. La negrura de mis ojos cerrados de poco sirve ante los destellos de mi progenitora, y la impresión, ineludible y desagradable, de que se le estaba derritiendo la cara.
En el baño nos congregamos todos. Mi madre llora en el centro, apagados sus gritos al encontrarse todo su cuerpo en tensión, a punto de derrumbarse. Mi padre prepara la bañera, y mientras la llena, se acerca a su esposa y la besa en los labios, levemente, con dulzura, manchándose un poco en la mejilla con la sustancia azul. Luego la abraza, inundado de cariño, e ignora las circunstancias en las que lo hace. Vuelve a besarla, la acaricia el pelo y sin quitarla la ropa, la mete lentamente en la bañera, llorando de pena porque sabe el destino seguro de su mujer. Sin rechistar, apenas un sollozo, ella entra en la bañera y el agua burbujea, reaccionando con la ponzoña que lleva encima; pero no grita, no vuelve a hacerlo nunca. Simplemente, se apaga, poco a poco, se consume bajo una capa de espuma que cubre la bañera y que la devora, la acoge en su seno.
Entonces mi padre se lleva la mano a la boca, y mira con ojos desorbitados la sangre y los trozos de piel que se le han quedado pegados a las yemas de los dedos; estos restos no duran mucho, porque la misma carne de sus dedos se desprende con insultante facilidad, hasta que cae al suelo, plop, plop. No se permite llorar, para no provocar ningún sentimiento de pena en sus hijos. No quiere rescates porque sabe que no hay rescate posible, que la única solución es tirarse en el suelo y esperar. Se tumba en el suelo, apoyándose con las manos y bajando su peso, y por poco los huesos de sus antebrazos atraviesan el codo, de lo endeble que se ha convertido su ser.
Mi hermano, que llora junto a mí, se dispone a actuar. Le pido por favor que pare, pero no me hace caso, y se acerca al cuerpo tendido de nuestro padre. Toma su pulso, y nuevos pedazos de carne se desprenden de su cuello y se le quedan pegadas a los dedos. Sacude la mano. Dice que no hay pulso. Entonces se acuclilla a su lado y se dispone a hacer una reanimación cardiopulmonar.
De forma instintiva, retrocedo, miro de lejos.
Victor, que así se llama mi hermano, se prepara, toma aire por la vivencia desagradable que estamos teniendo y se dispone a empezar. Coloca las manos firmemente entrelazadas sobre el pecho de mi padre, oprime… y se hunde, violentamente, en la cavidad torácica, revienta costillas, órganos, aplastasta la columna vertebral y toca el suelo con facilidad pasmosa. La impresión, la sensación de hundimiento le coge tan de sorpresa que acaba con la cara en el interior del pecho abierto, y se levanta.
– No huyas, por favor.
Me dice.
Y poco a poco, su cara se derrite. Mi madre está en la bañera, convertida en una sopa de carne descompuesta. Mi padre, con el pecho abierto y expresión beatífica, parece haber muerto sin sufrimiento.
Empiezo a correr, desesperado, buscando la salida. Mi hermano corre, me pide que le acompañe, que no le deje solo. Que no quiere morir, que no le deje morir, que le coja la mano. No seas cobarde, gime. No me abandones ahora. Te necesito, dice.
Te necesito, y rompe a llorar.
Recorremos el mismo camino que mi madre pero a la inversa. Atravesamos la puerta de entrada y comienzo a bajar las escaleras. Estoy bien. No me ha tocado nada de esa sustancia. Viviré. Quiero vivir.
– ¡Por favogh! – grita y llora mi hermano, con la boca inundada de sangre y su cara goteando en el suelo.
Detrás de mí, mi hermano duda un segundo en bajar las escaleras y retoma la persecución. Pero apenas hemos bajado un piso, sus rodillas no aguantan su peso. Su cuerpo se desmorona. Para ser concretos, sus fémures atraviesan las rodillas y medio cuerpo abandona a su otra mitad, y lo que sale disparado se estampa contra el suelo en una violenta diseminación de fluidos rojizos que salpican todo.
Incluida una gota que, traviesa, comienza a escurrirse en mis mejillas.

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Una respuesta to “”

  1. Alice Springs Says:

    GENIAL.
    Junto con el relato que presentaste al Booket, creo que es de lo que más me ha gustado que has escrito. Me recuerda al maestro Stephen King… sí, sin duda: es Stephen King. Bravo, has conseguido aterrorizarme.
    Repito: GENIAL.
    Besicos de limón

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