El simio azul es un glotón (III)

Pasaron varios meses. María intentó recomponer su vida como si fueran trozos de cristal desperdigados por el suelo; su madre, a pesar de sus tentativas, seguía sin darse cuenta de que sufría por su culpa unas terapias que había dejado de necesitar. Además, todos sus allegados supieron de su enfermedad ya superada, y comenzaron a tratarla con demasiado respeto, como si todavía fuera a vomitar después de una comida; María miraba entonces a quien fuera con suspicacia, y se encerraba en su cuarto. Al menos, pensaba con un leve resquicio de humor negro, ya no lloro sobre el váter.
Tumbada sobre la cama, con la vista perdida en el techo y el oído atento a los delirios paranoicos de sus tías y de su madre, María se preguntaba sobre el simio, esa presencia ominosa y delirante que protagonizaba cada una de sus incursiones en el mundo exterior; en ese sentido, esa alucinación o-lo-que-fuera era muy selectiva y procuraba aparecerse sólo cuando ella estaba en la calle. A veces le daba vueltas a aquello y creía que era porque aquel ente prefería no llamar su atención de forma completa, eliminando a alguien conocido por ejemplo, sino mantenerse en un incómodo segundo plano.
El verdadero problema era que necesitaba contárselo a alguien más o reventaría. Sólo su psiquiatra conocía el secreto, y ni la creía ni la daba cuerda para que se explicara con mayor claridad: se limitaba a golpearse la rodilla, tsk tsk tsk, y a pedirla POR FAVOR que se limitara a hablar de comidas y lo que sentía frente a un filete de ternera jugoso.
Podría tratar de explicárselo a su madre, pero si ella no conseguía comprender que la bulimia era cosa del pasado, ¿cómo iba a asimilar que María podía ver a un simio azul comiéndose a gente y luego tragándose a sí mismo? Nah, la lanzaría a un pozo más profundo todavía: con seguridad, la condenaría a una vida de medicaciones forzadas, baba en la comisura de los labios y centros de esos que se llaman “por tu bien”.
Sintió un escalofrío, y sonó el teléfono.

– ¿Sí? – balbució María, agitada por sus recientes pensamientos.
– ¡Hola María! ¿Haces algo mañana viernes? – preguntó Miguel, su mejor amigo del instituto.
María había adquirido la costumbre de imaginar las caras de quienes la llamaban, algo que solucionaba casi siempre con el mismo gesto, el de la preocupación constante. Le desagradó que Miguel pudiera sugerirla un plan tan alegremente cuando en realidad se encontraba inquieto por su salud, por lo que se dejó de ensoñaciones para alejar el mal humor. – Mmh – contestó para ganar tiempo.
Y aceptó ir al parque.

No hacía exactamente mal tiempo. No era el tipo de clima que te preocupa porque te falte o te sobre ropa; el viento soplaba bajo la camiseta cuando María creía encontrarse abrigada, y sudores propios del verano aparecían en cuanto andaba unos metros. Por un momento, pensó que todo estaba mal en el mundo: su vida era un estercolero y lo peor es que no sabía si tenía frío o calor.
Miguel se encontraba sentado sobre el respaldo de un banco, leyendo un libro, “Escupiré sobre vuestra tumba” de Boris Vian.
– Es un título horrible – dijo María.
Su amigo cerró el libro y se sonrojó un poco. Procuraba crear una buena impresión, pero ese tipo de detalles parecían no ayudar. Bajó del banco, se acercó a María y le dio un fuerte abrazo.
Al principio, María se sintió reconfortada. No le gustaba nada de lo que le estaba pasando, y la gente se preocupaba demasiado pero no daba muestras de ello más allá de las palabras. Miguel sí lo hizo, pero enseguida comprendió que lo hacía más por la bulimia que por el conjunto, así que se enfadó y apartó a su amigo de un empujón.
– Quita…
– ¿Pero qué haces? – inquirió, con preocupación.
– Maldita sea – dijo María. No podía llorar. Se llevó los dedos a la sien y cerró los ojos, y cuando volvió a abrirlos había apartado la cólera. – Mira, lo siento, pero es importante que sobre todo tú comprendas que nada de lo que dice mi madre es verdad. Estoy curada, ¿vale?
– Vale.
– Pero tengo otros problemas. Antes de contártelos… – hizo una pausa. Un corredor con cascos de música hacía una gran parte de su recorrido con los ojos cerrados, como un caballo sesteando en pleno galope. María no supo por qué se fijó en él. – Quiero que me prometas que no me vas a tomar por loca. Va a sonarte muy raro, pero…
El corredor no vio al simio azul, que trotaba con las cuatro extremidades a su lado, y que se hinchó como si fuera un globo, preparándose para el festín. Víctima y verdugo corrieron a la par hasta quedarse a apenas tres metros de María y Miguel.
– ¿Pero…? – preguntó Miguel, alarmado por el tono de urgencia y locura de su amiga.
– ¡Mira detrás de ti! – exclamó María.
– ¿Por qué?
El simio decidió abandonar al corredor, aceleró y a un metro de Miguel pegó un salto. En mitad del aire, abrió la boca más de un metro noventa y, para cuando aterrizó, ya se había tragado al joven. Luego se quedó parado, en pleno desafío con María. Ella alargó la mano y tocó su hocico. Parecía real. Entonces el primate volvió a autofagocitarse.
– Hijo de puta – sollozó María.
Claro que era real.

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Una respuesta to “El simio azul es un glotón (III)”

  1. Alice Springs Says:

    Intrigadísima me hallo.
    Besicos de limón
    P.D.: El libro que lee Miguel… me suena XD

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