La oficina en la Calle del Fin del Mundo

Cuando los oficinistas levantan la vista del ordenador, o de los papeles, y pretenden descansar los ojos un rato, siempre miran por la ventana. Tanto da que al otro lado haya una hilera de rascacielos o un solar con cascotes y chabolas desperdigadas: de algún modo, es la forma de sentirse parte de un mundo del que se excluyen, de volver a descubrir que hay un sol y no sólo fluorescentes en el techo.

En la modesta oficina de Seguros Pegaso, situada en la Calle del Fin del Mundo (número 23, plantas segunda y tercera), trabajar en el ala Este era considerado un castigo por todos los trabajadores. Julio no entendía el por qué, pero prefería evitar la zona sólo por si acaso.

Hasta que un día, un cliente tirado en mitad de una carretera comarcal no recibió toda la cobertura que la empresa promete en los anuncios. Julio, el encargado de asistir a dicho cliente, acabó con un buen dolor de cabeza mientras todos y cada uno de los procedimientos fallaba. Como resultado, fue trasladado al ala Este, donde realizaría sus tareas junto a otros compañeros caídos en desgracia.

No podía comprender qué es lo que convertía aquella parte de la oficina en una zona maldita; tanto era así que hasta estaba separada del resto de la planta mediante un tabique con dos puertas. Julio cruzó una de ellas, y notó que empezaba a sentirse mal, y que no podía mirar por la ventana. Hizo un gran esfuerzo, y pudo ver a sus compañeros, completamente cabizbajos sobre sus escritorios, protegidos por las pantallas de ordenador en unas mesas específicamente orientadas al exterior.

Al otro lado, había un edificio que nadie podía mirar más allá de su segunda planta. No era de ninguna compañía, ni tampoco parecía alojar a inquilinos. Nadie entraba, ni parecía fijarse en él, pues era como mirar a la Muerte a los ojos de lo incómodo que resultaba. La fachada era curva, y daba la impresión de que una bestia muy grande había apretado los pisos superiores como si fuera un tubo de pasta de dientes; los balcones parecían protuberancias de hierro, perfilados por marcos estucados viridios que lograban una apariencia orgánica e infectada.

Julio se sentó en su nuevo escritorio, y antes de que le estallara la cabeza, se refugió detrás de la pantalla. Miró el reloj, quedaban ocho horas por delante. Empezó a teclear y no volvió a pensar en otra cosa que no fuera salir de ahí con el trabajo bien hecho.

Una semana después de su degradación, se armó de valor e intentó mirar a través de la cristalera, pero le fue imposible. A medida que aproximaba su visión al edificio que había al otro lado, una creciente molestia le hacía sentir el estómago como si se estuviera haciendo más y más pequeño. Como siempre, terminó por desesperarse.

Las horas, en ese estado entre la concentración y la amenaza invisible, se alargaban: su jornada le parecía de cuarenta horas. Y mientras consultaba un peritaje, pensó en el parco consuelo de que legalmente sólo podrían tenerle ahí durante un mes.

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Una respuesta to “La oficina en la Calle del Fin del Mundo”

  1. Alice Springs Says:

    Ya te dije cómo me imagino yo el edificio… Un relato muy evocador, sin duda. Es arriesgado dejar hilos sueltos, pero cuando funciona salen joyitas tan aterradoras como ésta ^^
    Besicos de limón

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