El Elegido

El Elegido salió de su hogar llevado por los dos hombres más fuertes del pueblo. En su anterior vida, Él los conoció como pescadores y bravucones, como artífices de la maledicencia referida a su persona. Al menos, hasta que subió la marea roja.

En un principio, los habitantes del pueblo vieron con temor como la marea subía y convertía cada ser muerto que tocaba en un simulacro de vida. Cuando por fin acabaron con estos extraños revividos, tuvieron que soportar que los animales se les rebelaran, y que se apostaran en los alrededores del pueblo sin dejarles salir.
Los días pasaron, y la gente se sentía cada vez peor. Los intentos de fuga se saldaban con varios muertos, despedazados por lo que parecía un millar invisible de animales enfermos. Hasta que uno de ellos, el historiador, el loco, el enclenque, enseñó a los demás el camino a la salvación: si la Naturaleza se había rebelado, dijo, era para hacerles ver que debían retomar el antiguo culto y sus ritos, aquellos que todavía se susurraban los familiares antes de morir, que nunca eran pronunciados en voz alta ni fuera de aquellas tierras.
Mientras duró la comida almacenada, le tomaron por loco una última vez. ¿Qué iba a saber él, un hombre tan anclado en el pasado? La civilización, se consolaban diciéndose, les acabaría salvado de aquel desastre. Pero la civilización les había dejado aparte, y los aparatos electrónicos ya no funcionarían más. Incluso la naturaleza se volvió esquiva, y no pudieron capturar ningún animal.
Con el hambre, los habitantes se volvieron más y más receptivos. ¿Locura? Tal vez, pero la inanición daba por buenas respuestas tan antiguas e incognoscibles que, hacía unos meses, les habría provocado la risa o el desconcierto.
El agua, todo pasaba por el agua.
Tomaron al historiador como Elegido, y señalaron el 1 de noviembre como la fecha de la gran ceremonia. Y mientras, porque faltaban aún tres semanas, Manannan-Maclir llenó sus estómagos con peces y frutas del mar, con el fin de que nadie olvidara a quién debía rendirse culto el gran día.

En el 1 de noviembre, el Elegido caminó por las calles del pueblo envuelto en pieles, y a su paso las jóvenes le efectuaron abluciones con agua de mar. Cada muchacha restregó una esponja por la piel del Elegido, y el agua de mar reveló la fragilidad de la epidermis humana, descomponiéndola y revelando que, bajo ella, había escamas.
Para cuando el Elegido llegó al acantilado, su piel humana se había hecho jirones y desprendido, y su cuerpo presentaba la gloria de un millón de escamas irisadas que refulgían bajo el sol abrasador.
No quedaba mucho tiempo: el Elegido comenzó a ahogarse. Manannan-Maclir, complacido por la perfección del ritual, retiró la ilusión del mar y desveló las aguas transparentes hacia las colinas verdes y apacibles del Sidh, donde el sacrificio del Elegido daría una nueva oportunidad a sus vecinos.
El historiador se sumergió en el momento justo, pues las branquias comenzaron a funcionar en cuanto su cuerpo tocó el agua. Y empezó a nadar.

– ¿Qué coño ha pasado aquí? – preguntó un hombre al ver a un vecino que se asomaba por el acantilado.
– El rarito, que se ha suicidado – dijo el otro, señalando un amasijo de carne sanguinolenta y ropa entre las rocas que, como dientes, emergían del océano.

Anuncios

Etiquetas: , , , , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: