Es normal que me lo preguntes, cariño

– ¿Sabes, hijo? Es normal que me preguntes sobre el tema. Yo tenía un caballo, cuando era pequeño. Duele recordarlo, pero mi familia era bastante adinerada por entonces y nos podíamos permitir unas clases de equitación tanto para mí como para mi hermano. El caso es que un día forcé demasiado a “Rapaz”, mi corcel, y tropezó, y el pobre se rompió una pierna por dos sitios.
Román acarició el pelo de su hijo con ternura.
– Yo pensaba que le pasaría como a los humanos, ¿sabes? Que le llevarían a un hospital de caballos, y allí le atenderían y se curaría, y yo podría volver a montarle hasta que se hiciera viejo. Pero no pudo ser.
David tenía una buena mata de pelo, suave y sedoso, que acariciaba el espacio entre los dedos como si se tratara de seda. El padre pensó que el cabello de ángel, el de verdad, no la comida, debía ser algo parecido. Y se entristeció aún más.
– Porque cuando un caballo se rompe una pierna, se le sacrifica. ¡Pum! – e hizo el gesto con los brazos, como si sujetara una escopeta y sufriera el retroceso después del disparo. – Un buen escopetazo entre ceja y ceja. Porque no se va a curar, no del todo, y va a sufrir hasta el final de su vida un dolor insoportable.
Román volvió un momento la cabeza y suspiró. Su hijo estaba acurrucado en la cama, sin atreverse a salir de debajo de las mantas.
Estaba siendo más duro de lo que había pensado: la primera vez que afrontó la escena mentalmente, en la consulta del pediatra, su determinación no flaqueaba. Pero sabía que, en el caso de posponerlo, sería cada vez peor, y tarde o temprano la situación se acabaría volviendo insostenible. Tanto para David como para el resto de la familia.
– Así que, volviendo a tu pregunta… ¿por qué te voy a tener que pegar un tiro entre ceja y ceja? – Cogió aire. – Porque la Plaga del 2012, la que en un momento pensamos que era una bendición, nos infectó a todos los seres humanos y nos dio la incapacidad de morir por enfermedad. Un anciano morirá de viejo, pero un enfermo de cáncer tendrá inmensos dolores de cáncer hasta que su cuerpo desfallezca por la edad.
El preocupado padre sacó la escopeta de debajo de la cama. Con su hijo encañonado, pensó en el mundo cruel en que le había tocado vivir, y en la tranquilizadora posibilidad de hacerse lo mismo después.
Cerró los ojos.
– Y tú, cariño, mi cielo… mi David, mi tierno hijo de ocho años, mi… – comenzó a llorar desconsolado, pero el pulso no le falló, pues era lo mejor y lo sabía: había visto a su padre sufrir esclerosis lateral amiotrófica durante veinticuatro años, cuando en un mundo normal no habría aguantado más de una década. – Tú, tienes leucemia.
Y disparó.

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Una respuesta to “Es normal que me lo preguntes, cariño”

  1. ady Says:

    madre mia. Que duro.

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