Zurich – Esa expresión imborrable

La mujer, cuyo nombre no quiere que se sepa, tiene un perro, llamado Lucky, de estos pequeños, un perro patada, un caniche o una raza parecida, emparentada más con un roedor que con un cánido, un esperpento diminuto y ladrador, al que agasaja con cuidados que sólo un 1% de la población mundial puede disfrutar de continuo. Le cortan las uñas experimentadas esteticistas, los mejores peluqueros caninos se pelean por cortar briznas del diminuto ejemplar, asiste a programas anti estrés y, por supuesto, es sacado a pasear todos los días.

La mujer, cuya vida familiar no quiere desvelar, es rica hasta extremos ridículos, dicho esto no en sentido peyorativo, sino como aproximación. La mujer posee una riqueza inversamente proporcional al tamaño del perro, de la misma manera que un grano de arroz es inversamente proporcional a un edificio de oficinas de veinte plantas.  Podría comprarse un par de países y aún le quedaría dinero para vivir de forma holgada el resto de su vida, así que tiene todo lo que querría comprarse. Y, por lo tanto, desea las cosas que no puede comprar.

La mujer, de pasado ignoto, no posee ningún talento ni característica especial. No canta ni en la ducha. Su única habilidad consiste en haber estado en un sitio concreto en un momento determinado, en lo que podemos suponer que fue una boda hace varios años. Posee cierta picardía y una mentalidad extravagante y exacerbada por su riqueza, y una tendencia infantil a querer ver satisfechos todos sus deseos, incluso los más ridículos.

La mujer, estancada en una treintena impersonal embalsamada por la cirugía y los agentes químicos, sólo tiene una ocupación. Pasea a Lucky con devoción, ya sean las siete de la mañana o las nueve de la noche, y aunque están escoltados por dos guardaespaldas, ella siente que está a solas con el perro. Como no puede comprar la atención de la gente y no es capaz de atraerla por sí misma, la desea con fervor; como quiere ver satisfechos todos sus deseos, los peluqueros están dispuestos a dejar a Lucky con un aspecto extravagante que varía cada dos meses; como hay que sacar a Lucky, se encarga ella, porque vive de observar las caras de la gente cuando ven a su mascota andando sin preocupación.

Y así, la mujer, que gusta de aparecer por sorpresa en cualquier lugar del primer mundo, ha sido vista en la Kärntner Strabe de Viena, la Faubourg-Saint-Honoré de París, la Oxford Street de Londres, la Kurfürstendamm de Berlín… algunos comentarios vertidos en Internet la sitúan en la Rua Augusta de Lisboa y la Grafton Street de Dublín, pero la mujer, tal y como están las cosas, jamás se dignaría a reconocer que estuvo allí.

Yo la vi en la Bahnhofstrasse de Zurich. A la mujer no la recuerdo muy bien, porque respondía a un estereotipo muy claro de mujer acaudalada y, por tanto, fue fácil quedarse con las características básicas pero no con los detalles. Pero el perro… aquella rata chillona aún me hace gracia cuando pienso en ella, pues me fue imposible quitarle el ojo. Esté donde esté ahora esa mujer, estoy seguro de que mi reacción la satisfizo.

Foto de Hola.com de la Bahnhofstrasse de Zurich.

El Sociópata viajero - Hay locos en todas partes, montañas de locos, montones de locura. © del autor.

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