Archive for the ‘Humor’ Category

El que limpia las calles

octubre 4, 2010

El de la manguera sabe muy bien que lo hará, lo noto cuando le miro a los ojos mientras limpia la calle y me cruzo en su camino: un día, los dos euros de su bolsillo se transformarán en un jugoso boleto de lotería. Ganará millones para diez vidas, tantos que nunca se preocupará de lo que haya en el banco. Y los cajeros… ¿quién necesita cajeros? ¡Eso es para pobres!
No se lo diría a nadie, por supuesto. Se lo guardaría para sí hasta que no pudiera contener la risa de superioridad. Su último día de trabajo cogerá la manguera y mojará, no, empapará a todo el que se ponga por delante; los mendigos van a necesitar agallas de verdad, las de los peces, para sobrevivir, piensa con crueldad.
Sigo mi camino. Sonríe con un punto de locura en los ojos, y en el culmen de su ensueño agarra la manguera con más fuerza.

Bocados de realidad - La vida, en un mordisco. © del autor.

La historia de la princesa

agosto 5, 2010

Me siento cuentista, yo. No sé por qué.

Érase una vez que se era, una princesa encerrada por voluntad propia en su castillo. Como todas las princesas están obligadas a pasar un tiempo encerradas en el castillo, y esta princesa quería mucho a su padre, se encerró ella misma para evitar que su padre la obligara.
Los caballeros venían, y ella los rechazaba de inmediato o al cabo de un tiempo.
Un caballero, que vivía a una gran distancia, decidió partir a rescatarla, tal y como la tradición mandaba. Y cogió el caballo más robusto de su establo y dijo: esa chica tiene que ser mía.
Y nada podrá pararme, porque lo daría todo por ella.
Por desgracia, los seres malignos que habitan el mundo supieron de su resolución y decidieron jugar con él.
Cuando llegó a un viejo puente de piedra, un ogro con una caña de pescar y una horca le cortó el paso.
– Alto. Vivo debajo de este puente, y te digo que me tienes que hacer una ofrenda.
– He dicho que lo daría todo por mi futura amada, sea.
– Quiero un brazo tuyo – contestó el ogro, acariciando un pez con sus genitales.
El caballero, pues, se cortó el brazo derecho y se lo dio en ofrenda, y nunca más volvió a ser molestado por ese ogro. Pero, ¡ay! la noticia corrió, y a cada ser que le impedía el paso, acababa con un miembro amputado. Un dedo solía bastar, pero algún exigente reclamó una pierna.
Cuando llegó al castillo, sólo tenía torso, cabeza y el brazo izquierdo, y a pesar de ello pudo lanzar una cuerda hasta la ventana de su amada, y trepar por ella con los dientes, tal era la voluntad del caballero.
Al llegar arriba, como adornada por la primavera, la princesa le acogió con los brazos abiertos.
– Buen caballero, arribáis jodido a mis aposentos.
– Sí – contestó. Cogió aire por el esfuerzo -. He tenido que dar mis dos piernas, mi brazo derecho y uno de mis cojones. Estoy agotado, pero viendoos el esfuerzo merece la pena.
– Pobre, pobre iluso. Jamás encontraré gilipollas como vos.
– ¡¿Qué?!
– El amor es cosa de dos, y nadie debería meterse en medio. Y si dejas que algo se interponga en el encuentro, es que no aprecias de verdad al ser que supuestamente amas.
– Lo he dado casi todo por vos.
– Y me habéis dejado lo único que necesito.
La princesa le arrancó el corazón y lanzó su cadaver por la ventana.
Y después…
… ella encontraría a otra persona que, en su opinión, la quisiera de verdad.
… respecto al caballero, su cuerpo fue arrojado a la basura y quemado. De todas formas, ya no tenía nada por lo que vivir.

Seth Fortuyn, puto Samaniego
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Es una historia muy, muy cruel. En realidad, no tiene mucho sentido, pero no por ello deja de ser eficaz y condenadamente pesimista.

Como curiosidad, el destino final del caballero se me ocurrió tras leer el “Druida” de Warren Ellis y Leonardo Manco. De hecho, si no me equivoco, es prácticamente igual. Vale, es una deuda muy grande.

Sociópata Vintage
Porque los bits también se reciclan.

Publicado el 20 de Enero de 2005.
Entrada original.

La historia del mendigo

agosto 5, 2010

Esta historia me la encontré en unas cajas de cartón de cerveza, escondidas entre la basura.

cuando escribo esto soy un viejo borracho tirado en la calle, me duelen los pies y los tengo hinchados. antes corría un huevo, tendrías que verme, corría que me las pelaba, pero uno se deteriora con la edad, ¿sabes? ahora mi cuerpo está deformado y me duele todo, pero no siempre fue así.
hasta los tiraos tenemos infancia. no siempre tuve barba y cincuenta años, y ropa que huele a meados y cartones para resguardarme del frío sin encontrar nada que me dé calor. mientras escribo, un mamón me mira de arriba abajo arriba y deja una moneda de cincuenta céntimos en mi vasito de plástico. je, soy feliz. es que estoy pagando la mansión a plazos.
decía que hubo un tiempo en que fui joven, y siempre deseo volver a serlo. creo que cada uno tenemos el paraíso que nos merecemos, y yo con gusto volvería a la familia y el hogar, y algo caliente que llevarme a la boca y que no sea, no sé, la polla de un chapero, la vida es dura.
yo era joven, como diez años o así, y me viene el diablo y empieza a tentarme.
chico, sabes que puedes jugar con lo que tienes entre las piernas, ¿no?
¿MI PITO? contesto yo
sí, tu pito. puedes frotarte y Dios se enfadará con ello. DIOS se pondrá triste si derramas tu simiente… vas a empezar a crecer en más de un sentido y podrás desobedecer las normas. tócate.
no lo hago yo
y el diablo, quiero decir, el DIABLO, no supo que decir. se quedó mudo y creo que poco entendía de la vida, ese pobre diablo.
lo hace el señor Rodríguez, el cura… nos lo hace a todos los niños. al principio lloraba. es por el bien del Señor, dice. para que creamos mejor en Dios.
joder… señor Rodríguez, ¿eh? un cura haciendo una labor infernal, eso es competencia, dice, se lleva la mano a la boca y desaparece, pero sólo yo veo cómo desaparece, porque el resto no podía verle.
por aquella época las cosas no son como ahora, que te quejas y a lo mejor hasta te escuchan. había cosas que no se podían tocar, Dios, Franco y Bernabeu, la Sagrada Trinidad Española… y Dios tenía mucho respaldo porque daba poderes al segundo y al tercero para hacer milagros. eso me enseñaban.
denunciarle. qué tontería.
el caso es que a la semana o así, estoy en la puerta de la iglesia y veo que el diablo entra, sale y me mira y me dice que me quedé ahí, que tiene que hacer unas cosas.
mi historia casi ha terminado. soy un mierda, pero espero que si miras bien en la basura encuentres mi historia. todo el mundo tiene una y yo no quiero que se pierda la mía. hay historias dignas de contar y ésta es una de ellas.
joder, no sé qué ocurrió allí dentro. pero que me jodan de lado, ¡creo que a partir de ese día, el diablo también empezó a creer en Dios!

Seth Fortuyn, transcriptor de historias que merecen contarse.
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En las primeras etapas de mi viejo blog, dediqué varias historias al mundo de la mendicidad. Me sentía “concienciado”, pero no del modo en que uno deja dinero en un plato y hace lo que la Comunidad de Madrid TENDRÍA que hacer, y gratis, sino como acusador: levantaba el dedo, paría una de estas historias y me alejaba satisfecho por una bocacalle neblinosa.

Reconozco que esta historia tiene cierta gracia, y lo que es peor, actualidad. Estoy releyendo los viejos artículos y me encuentro la sorpresa constante de que muchas entradas no sólo no han envejecido, sino que siguen vigentes. Si tenemos en cuenta que son del 2004-2005, da un poco de miedo comprobar cómo las cosas cambian para seguir igual.

Sociópata Vintage
Porque los bits también se reciclan.

Publicado el 15 de Enero de 2005.
Entrada original.

El sociópata ilustrador – ¡Obesidad!

julio 3, 2010

Ilustración de un chiste clásico que todo el mundo conoce.

El sociópata ilustrador – Fútbol

julio 2, 2010

Gracias a Mauro Entrialgo, el mejor profesor posible para el Taller de historieta costumbrista y humor gráfico impartido en el Círculo de Bellas Artes.  Esto es un adelanto de lo que vendrá…

Demasiado literal

diciembre 3, 2009

– Tío, ¡ten cuidado!
Manuel se detuvo, y miró asombrado a su amigo Javier, que tenía la frente perlada de sudor.
– ¿Qué pasa?
– ¡Mira! ¡Una mina!
– Oh, por favor… – se lamentó Manuel.
En el suelo había una enorme deposición de perro. Era tan grande que Manuel creyó que el animal aparecería muerto al doblar la siguiente esquina.
– No voy a decirte que son inofensivas – arengó Manuel -, pero tampoco es como para llamarla mina. En Francia hasta consideran que da suerte pisarlas, ¿sabes?
– No lo hagas.
– ¿El qué?
– Lo que estas pensando. No la pises, ¿vale? Por favor, aunque sea piensa que te lo está diciendo otra persona – suplicó Javier, con las manos unidas.
Su amigo comenzó a reír con ganas. ¿Qué más le daban a él sus ruegos? Por no hablar de que tanta preocupación por una mierda de perro era francamente estúpida.
Manuel se fijó entonces en las botas que llevaba puestas: avejentadas, el tejido de la puntera estaba a punto de desgarrarse y los cordones, de tanto apretarlos, parecían mordidos por una mascota inquieta. Decidió darles un gran final y pisó a fondo la mierda.
Lo último que oyó Manuel en su corta vida fue un bombazo. El excremento había estallado con la fuerza de una granada, volándole las piernas y propulsando su cuerpo a seis metros de altura. Cayó de cabeza sobre el cráter.
Javier se puso las manos en los bolsillos.
“Te lo dije”, pensó.

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SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.

Es normal que me lo preguntes, cariño

noviembre 2, 2009

– ¿Sabes, hijo? Es normal que me preguntes sobre el tema. Yo tenía un caballo, cuando era pequeño. Duele recordarlo, pero mi familia era bastante adinerada por entonces y nos podíamos permitir unas clases de equitación tanto para mí como para mi hermano. El caso es que un día forcé demasiado a “Rapaz”, mi corcel, y tropezó, y el pobre se rompió una pierna por dos sitios.
Román acarició el pelo de su hijo con ternura.
– Yo pensaba que le pasaría como a los humanos, ¿sabes? Que le llevarían a un hospital de caballos, y allí le atenderían y se curaría, y yo podría volver a montarle hasta que se hiciera viejo. Pero no pudo ser.
David tenía una buena mata de pelo, suave y sedoso, que acariciaba el espacio entre los dedos como si se tratara de seda. El padre pensó que el cabello de ángel, el de verdad, no la comida, debía ser algo parecido. Y se entristeció aún más.
– Porque cuando un caballo se rompe una pierna, se le sacrifica. ¡Pum! – e hizo el gesto con los brazos, como si sujetara una escopeta y sufriera el retroceso después del disparo. – Un buen escopetazo entre ceja y ceja. Porque no se va a curar, no del todo, y va a sufrir hasta el final de su vida un dolor insoportable.
Román volvió un momento la cabeza y suspiró. Su hijo estaba acurrucado en la cama, sin atreverse a salir de debajo de las mantas.
Estaba siendo más duro de lo que había pensado: la primera vez que afrontó la escena mentalmente, en la consulta del pediatra, su determinación no flaqueaba. Pero sabía que, en el caso de posponerlo, sería cada vez peor, y tarde o temprano la situación se acabaría volviendo insostenible. Tanto para David como para el resto de la familia.
– Así que, volviendo a tu pregunta… ¿por qué te voy a tener que pegar un tiro entre ceja y ceja? – Cogió aire. – Porque la Plaga del 2012, la que en un momento pensamos que era una bendición, nos infectó a todos los seres humanos y nos dio la incapacidad de morir por enfermedad. Un anciano morirá de viejo, pero un enfermo de cáncer tendrá inmensos dolores de cáncer hasta que su cuerpo desfallezca por la edad.
El preocupado padre sacó la escopeta de debajo de la cama. Con su hijo encañonado, pensó en el mundo cruel en que le había tocado vivir, y en la tranquilizadora posibilidad de hacerse lo mismo después.
Cerró los ojos.
– Y tú, cariño, mi cielo… mi David, mi tierno hijo de ocho años, mi… – comenzó a llorar desconsolado, pero el pulso no le falló, pues era lo mejor y lo sabía: había visto a su padre sufrir esclerosis lateral amiotrófica durante veinticuatro años, cuando en un mundo normal no habría aguantado más de una década. – Tú, tienes leucemia.
Y disparó.

Los burros son la más dulce de las bestias

abril 23, 2009

Aquello nada tenía que ver con la ciudad. El Sol se levantaba orgulloso en el horizonte, sin nada gris en el cielo para hacerle frente o multiplicar su calor, y contra el cielo se recortaba una hermosa y rústica estampa donde cualquier hombre de ciudad podía poner los hombros en jarra y exclamar, excitado:
– ¡Esto sí es vida!
El hombre de los brazos en jarra, Antonio, que se había despertado, no con el sonido de un gallo, sino con el temprano e insistente rebuzno de un asno, venía de la ciudad de Madrid, y tal y como le habían aconsejado sus amigos y su terapeuta, volvió reticente y desconfiado al campo, aquel al que solía ir de pequeño. No obstante, cuando contaba con diez años había comprobado atónito cómo un lugareño fornicaba indistintamente con gallinas y corderos, y aunque al principio su mente infantil intentaba tapar los hechos con vivencias más agradables y juegos, comenzó a tener pesadillas recurrentes de pollos con cabeza humana, y jerseys de lana procedente de paletos peludos; antes de cumplir veinte años, decidió no volver nunca a aquellos parajes, ni a cualquiera que se les pareciera, dejó de comer pollo asado y cordero y empezó a considerar la ingesta de huevos como un acto de piedad. Sin embargo, ahora tenía treinta y cinco años y aunque había dejado el tabaco, tosía con frecuencia; el cabello se le caía a puñados, que a veces tiraba al retrete con desprecio y otras veces acariciaba como si cada uno fuera un hijo; y las pocas horas de sueño que tenía no eran provechosas y resultaban poco saludables. El diagnóstico fue demoledor: estrés. Demasiado estrés.
Fue la insistencia de su novia y algunos de sus amigos más cercanos por lo que cedió. No contó la noticia a sus padres, pues estaban seguros de que Antonio no volvería a la tierra de sus abuelos y no quería estropearles aquel pensamiento que habían tardado varios años en asumir. Tratar de explicarles el súbito cambio de parecer, motivado por media hora frente a un médico, podría parecerles injusto si se tenía en cuenta que ellos habían hablado del tema mucho más tiempo.
Y cogió las maletas, condujo dos horas con un par de discos de Fleetwood Mac y acabó en medio de Castilla y León, y antes de que se diera cuenta estaba desempacando sus cosas en la pequeña casa que hacía años le vio jugar. Nada había cambiado en aquel pueblo, y tuvo un ataque de ansiedad al ver una vaca pasar frente a su casa; se encerró en la vetusta casa de sus bisabuelos y respiró hondo: había venido para tener algo de descanso, no para rememorar viejos y malos momentos.
Así, en aquella gloriosa mañana, Antonio creyó volverse a reconciliar con las raíces familiares, e inflado de valor y optimismo, se lanzó a un temerario paseo por los tranquilos campos que se encontraban a apenas diez minutos de camino agreste. Como no sabía dónde ir, decidió rastrear los rebuznos que le habían despertado, y encontró una pequeña granja, con un pequeño granjero de unos cincuenta años a sus puertas, subido a un taburete y peinando al asno, que se había tranquilizado. A su lado había un plato con mantequilla, y aunque el olor no era el ideal, Antonio pensó que un desayuno al lado de un burro siempre podría ser mejor que en una ciudad llena de contaminación.
– Bonito ejemplar – dijo Antonio, contento.
– ¿Eh? – el lugareño trató de encontrar un significado a aquella palabra, como quien busca el significado a la palabra “kadapaloulos”.
– Digo que el burro es muy bonito.
– Ya ve, ¿eh? – contestó, palmeando con orgullo los cuartos traseros del animal -. ¿Quién es usted?
– Antonio Moreno, el hijo de Hernán Moreno…
– … el Gamusino.
– No, Hernán Moreno – contestó airado Antonio. No soportaba los motes de pueblo, ni que le recordaran que su padre era bajito y de actitud esquiva.
– Coño, el Gamusino.
– ¡Que no, que es Hernán Moreno!
– ¡EL GAMUSINO, ES EL JODÍO GAMUSINO COÑO!
Antonio desistió. No necesitaba hacer entrar en razón al lugareño; ya se creía lo suficientemente superior a él.
– Vale. Ése – suspiró.
– ¿Y qué le trae aquí, Gamusinillo?
Su mente se tomó un poco de tiempo para pedir tranquilidad, pues abortó un golpe de estado de su boca para gritar su nombre. La parte reptil de su cerebro, director de orquesta del golpe, se negaba a dar su brazo a partir, por mucho que pudiera regenerarlo, pero acabó recapitulando y volvió a sus tareas habituales. Al final, Antonio explicó con voz átona: El estrés. Tengo muchos nervios, y pensé que esto sería lo mejor.
– Pues ha acertao de pleno. ¿Sabe cuál es mi remedio?
La mente urbanita de Antonio soñó con paseos en mitad del campo, la apacible rutina de una vida al margen de las prisas inventadas por el mundo civilizado, la comunión con la naturaleza y esas cosas.
– Sorpréndame – replicó ufano.
– Hágaselo con el burro. Le dejo, pero no se envicie, ¿eh?
– ¿¡Qué!? – gimió Antonio. Viejos traumas no sólo se desenterraron, sino que amenazaron con erguirse y darle un bocado en la pierna.
– Oh, al principio son algo ariscos, pero enseguida se dejan, ¿sabe? Son la más dulce de las bestias, no como dicen de la mujer, que uno nunca sabe a qué atenerse, porque les duele la cabeza o te atizan con la sartén si les insistes un poquito…
– ¿Cómo será un poquito para este hombre? – pensó Antonio.
– … pero aquí ve a éste, que todas las mañanas me levanta a rebuznos para que le dé lo suyo.
– Oh Dios, y me dirá que la manquilla es para él, ¿no?
– No, ¡es para mí! Je, je, je. Es que me ha interrumpío, ¿sabe?
Antonio salió corriendo hacia la casa de sus bisabuelos, volvió a hacer las maletas y salió escopeteado de allí. El lugareño contempló su huída entre risas de satisfacción.
– Estos de ciudad – dijo a su compañero équido sin soltar su grupa -, se piensan que nos lo hacemos con todo. ¡Un burro! ¿Quién sería tan bestia? Todo el mundo sabe lo fáciles y placenteras que son las gallinas.
El burro rebuznó furiosamente un par de veces.
– No te pongas así, ¿vale? Sabes que no puedo dejarte mirar.