Archive for the ‘Pegado al Suelo’ Category

Jovencitas calientes

enero 23, 2012

El tipo fue al chino a comprar algo de cinta de embalaje y unas pilas, y no pudo evitar mirar la selección de películas porno. Al principio desviaba la vista como si no hubiera allí ninguna estantería, las baldas llenas de cintas de video nuevas en la parte inferior y deuvedés porno en la superior. Caminó hasta el fondo de la tienda, buscando la dichosa cinta, y cuando la tuvo en sus manos se sorprendió pensando en esos discos… intentó reflexionar al respecto: estaba casado desde hacía varios años, tenía hijos, ya adultos, y el sexo en parte había perdido mucho aliciente. Ni su cuerpo ni el de su esposa eran ninguna maravilla, y de hecho ambos habían engordado a lo largo del tiempo, hasta que eso de follar quedó sustituido por amor meramente platónico.
Qué demonios, pensó mientras cogía una película,’ Jovencitas Calientes’, con una rubia disfrazada de colegiala, de pechos turgentes y pezones pequeñitos y sonrosados, descubiertos bajo una camiseta enrollada hasta el cuello. Con una mano se levantaba la falda a cuadros y con la otra lamía una piruleta mientras observaba al posible comprador con ojos zalameros.
Pagó ocho euros por todo y se marchó a casa, con la película escondida entre los pliegues de su abrigo.

Una semana después pudo, por fin, quedarse una mañana solo en casa. Su mujer había ido a ver a una de sus hermanas y los chicos fueron con sus amigos a una sesión matutina en el cine. Calculó que, en unas tres horas, nadie le molestaría, y podría ver al fin la mercancía que había comprado.
Je. Mercancía, pensó. Como si fuera a drogarse o algo así. Sólo por eso, se excitó un poco más. Estaba expectante, casi ansioso, de observar a aquella rubia en acción. Moverse y gemir, y si tenía alguna amiga en el juego, mejor.
Vamos, vamos, vamos. Con una suave erección vio al reproductor engullir el disco, y acogió con entusiasmo y los pantalones bajados, ya sentado sobre el sofá, la película… ¿”Colegialas Cachondas”? Sin desagradarle el nuevo título, se vio algo decepcionado. Había pagado por “Jovencitas Calientes”, ¿y si aquella rubia no salía?
No importa, se dijo, en estas películas siempre salen mozas bien dotadas.
Con la pija en la mano, casi a punto, vio a un trío de horribles inglesas, de dientes torcidos y caras de escaso atractivo, cuerpos carentes de erotismo, seducir a un pobre joven, éste sí bien parecido. Casi sintió lástima de la escena, soltó su polla fláccida y con las manos empapadas en sudor, sacó el disco y lo guardó en la caja.
Se sentía decepcionado, por la erección y el dinero perdidos. Se sentía vencido por el chino, y eso que el pobre hombre que le atendió ni sabría lo que había debajo de aquella carátula; no se atrevería a devolver la película y hacer pasar por un mal trago al vendedor y a sí mismo.
Al final, la película quedó escondida encima de unos viejos libros que, confiaba, nadie tocaría nunca.
Ni siquiera él.

Seth Fortuyn, cronista de fracasos cotidianos.

Sociópata Vintage
Porque los bits también se reciclan.

Publicado el 10 de Noviembre de 2005.
Entrada original. 

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Zurich – Esa expresión imborrable

enero 10, 2012

La mujer, cuyo nombre no quiere que se sepa, tiene un perro, llamado Lucky, de estos pequeños, un perro patada, un caniche o una raza parecida, emparentada más con un roedor que con un cánido, un esperpento diminuto y ladrador, al que agasaja con cuidados que sólo un 1% de la población mundial puede disfrutar de continuo. Le cortan las uñas experimentadas esteticistas, los mejores peluqueros caninos se pelean por cortar briznas del diminuto ejemplar, asiste a programas anti estrés y, por supuesto, es sacado a pasear todos los días.

La mujer, cuya vida familiar no quiere desvelar, es rica hasta extremos ridículos, dicho esto no en sentido peyorativo, sino como aproximación. La mujer posee una riqueza inversamente proporcional al tamaño del perro, de la misma manera que un grano de arroz es inversamente proporcional a un edificio de oficinas de veinte plantas.  Podría comprarse un par de países y aún le quedaría dinero para vivir de forma holgada el resto de su vida, así que tiene todo lo que querría comprarse. Y, por lo tanto, desea las cosas que no puede comprar.

La mujer, de pasado ignoto, no posee ningún talento ni característica especial. No canta ni en la ducha. Su única habilidad consiste en haber estado en un sitio concreto en un momento determinado, en lo que podemos suponer que fue una boda hace varios años. Posee cierta picardía y una mentalidad extravagante y exacerbada por su riqueza, y una tendencia infantil a querer ver satisfechos todos sus deseos, incluso los más ridículos.

La mujer, estancada en una treintena impersonal embalsamada por la cirugía y los agentes químicos, sólo tiene una ocupación. Pasea a Lucky con devoción, ya sean las siete de la mañana o las nueve de la noche, y aunque están escoltados por dos guardaespaldas, ella siente que está a solas con el perro. Como no puede comprar la atención de la gente y no es capaz de atraerla por sí misma, la desea con fervor; como quiere ver satisfechos todos sus deseos, los peluqueros están dispuestos a dejar a Lucky con un aspecto extravagante que varía cada dos meses; como hay que sacar a Lucky, se encarga ella, porque vive de observar las caras de la gente cuando ven a su mascota andando sin preocupación.

Y así, la mujer, que gusta de aparecer por sorpresa en cualquier lugar del primer mundo, ha sido vista en la Kärntner Strabe de Viena, la Faubourg-Saint-Honoré de París, la Oxford Street de Londres, la Kurfürstendamm de Berlín… algunos comentarios vertidos en Internet la sitúan en la Rua Augusta de Lisboa y la Grafton Street de Dublín, pero la mujer, tal y como están las cosas, jamás se dignaría a reconocer que estuvo allí.

Yo la vi en la Bahnhofstrasse de Zurich. A la mujer no la recuerdo muy bien, porque respondía a un estereotipo muy claro de mujer acaudalada y, por tanto, fue fácil quedarse con las características básicas pero no con los detalles. Pero el perro… aquella rata chillona aún me hace gracia cuando pienso en ella, pues me fue imposible quitarle el ojo. Esté donde esté ahora esa mujer, estoy seguro de que mi reacción la satisfizo.

Foto de Hola.com de la Bahnhofstrasse de Zurich.

El Sociópata viajero - Hay locos en todas partes, montañas de locos, montones de locura. © del autor.

Hacia costas ignotas

marzo 1, 2011

– ¿Y bien?
Los pensamientos de Mario zarparon. Durante años, habían recalado frecuentemente en costas sureñas (cuando pensó con los genitales o el culo), pero ahora navegaron, por vez primera, hacia el norte, donde el amor se resquebraja y la pasión se disipa. Y dijo:
– No.

Y el dinosaurio estornudó... - Relatos en 50 palabras o menos. © del autor.

Viena – La fuente de Donnerbrunnen

diciembre 15, 2010

En la mayoría de las fuentes bonitas y accesibles del mundo, el turista ocasional pide un deseo y lanza alguna moneda a su lecho, pues considera que no ha tirado suficiente dinero durante el viaje. Y según la importancia o urgencia de la aspiración que se le ocurra en el momento, tantas monedas lanza o tanto es su valor.
Por norma general, las monedas permanecen en el fondo mucho tiempo: hay cierta reverencia hacia su valor simbólico, sea éste respeto, agradecimiento o un deseo. Pero en la fuente de Donnerbrunnen, Viena, las monedas no aguantan más de un par de días. Las piezas son recogidas con celeridad por Albert, un mendigo que nadie ve hasta la madrugada. Las guarda en los bolsillos, sale corriendo a su guarida y chapotea por el camino hasta quedarse seco.
Las monedas, una vez rescatadas, van a ser usadas de nuevo, piensa Albert, y eso le parece inaceptable. No es un individuo religioso, no le confundamos: pero sí tiene fe en lo que las monedas pueden hacer por quienes fueron sus dueños. Los deseos podrían no cumplirse de inmediato, sino varios años después, ¿y cómo iba a ser eso posible, si alguien ha utilizado esa misma moneda para desayunar un café con bollos? ¿Cómo iba a obrar un milagro el dinero, si la magia imbuida por el monumento se diluye en una transacción comercial?
Albert se conforma con saber que, en el interior de un par de maletas de piel en las afueras de la ciudad, se encuentran a salvo los sueños de miles de personas. Y aunque se muriera de hambre, nunca se atrevería a usar dichas monedas, razón por la que mendiga durante horas para pagarse el sustento.
Sólo hay una cosa que reconcome a Albert, y es el no saber qué preparar para cuando no esté. Se imagina que encontrarán su cadáver y se preguntarán por qué no gastó ni un céntimo de aquellas maletas; por qué pedía dinero en el centro de la ciudad. Y hasta que encuentre una solución, reza todas las noches:
– Por favor Dios, haz feliz a toda esa gente antes de que yo ya no esté.

El Sociópata viajero - Hay locos en todas partes, montañas de locos, montones de locura.© del autor.

La corredora

junio 17, 2010

Susana corre a través del Retiro por un buen motivo: su vida. Cinco metros detrás de ella, corre a la misma velocidad un hombre corpulento, de aspecto militar, con un táser y un cuchillo escondidos que usará para inmovilizarla y cortar su aorta respectivamente si la alcanza.
No se puede sospechar nada: la propia Susana corre despreocupada mientras el último disco de moda suena en su reproductor portátil de música. Cualquier persona llegaría a la misma conclusión al verles: son dos corredores que, por casualidad, coinciden en cuanto al recorrido.
Cuando alcanzan diez kilómetros de carrera, el cronómetro que Susana lleva en la muñeca suena y vibra al mismo tiempo, y le ocurre lo mismo a su perseguidor. Ella decelera, para, se agacha y apoya las manos en las rodillas mientras coge aire. El hombre se acerca.

– Mañana a la misma hora, ¿no?

Susana asiente, y aunque jamás se quitará de la cabeza el hecho de que, si no paga, él acabará con su vida en cualquier momento y lugar, no siente el mínimo atisbo de preocupación.
El asesino potencial desaparece en algún lugar al otro lado del lago.
Y es que a Susana correr sin motivo le parece una gilipollez: los que hacen footing le merecen el mismo respeto que un hámster en una rueda de ejercicio.


SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.

Una compra inusual

junio 13, 2010

Es un comentario gracioso de manual: ves a una familia en el supermercado, a su hijo dentro de una cesta o carrito, y les dices “Qué niño tan mono, ¿en qué pasillo se compran?”. Digo cientos de tonterías parecidas para distraerme en el trabajo.
Ayer miércoles me llevé una sorpresa: un hombre y una mujer de facciones árabes, ojos negros y pelo negro rizado, llevaban en una cesta con ruedas a su hijo, de pelo castaño, como si fuera un saco de comida para perros (algo que tampoco me extrañaría: no sería el primer idiota que alimenta al chucho familiar con carne presumiblemente erótica de sustituir). Solté la frase cuando pasaron a mi lado, y ella y él se miraron con una chispa de reconocimiento en los ojos.
El hombre buscó con denuedo un papel sobre el que escribir, hizo unos garabatos con una pluma algo ostentosa y me lo tendió ufano.
– Tome – dijo.
El crío levantó la cabeza de la compra que aplastaba con el trasero y se quedó mirando mi gesto de horror, casi como si esperara una explicación por mi parte.
En el papel había un número de teléfono y el niño tenía los ojos azules.


SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.

El escritor de libros de autoayuda

enero 29, 2010

Daniel Suarez era todo un experto en decirles a los demás lo que tenían que hacer. Tan bien se le daba, que se había convertido en un reputado escritor de libros de autoayuda, un tipo de literatura que ni siquiera le gustaba.
Las ventas acompañaron en proporción inversa a su ánimo y Daniel no tuvo más remedio que continuar la producción de volúmenes como “Del barro al cielo: una historia sobre el éxito” o “Autolimpieza: consejos para gente desordenada sobre cómo organizarse de forma inconsciente”. El verdadero problema, sin embargo, no era que tuviera que escribirlos, sino que no podía dejar de hacerlo: las ideas bullían hasta que las exorcizaba mediante la escritura de un nuevo libro.
Un día, se le ocurrió a Daniel poner en práctica los consejos que brotaban de su imaginación, pues nunca se hacía caso a sí mismo.
De forma implacable siguió los dictados de su voz interior, hasta que ésta se fue diluyendo poco a poco. Con el tiempo dejó de publicar y su nombre se unió a la lista de quienes trataron de ayudar a la gente y fueron olvidados, como Dale Carnegie o Allen Carr.
Tres años más tarde, Daniel se despertó sobresaltado en mitad de la noche, de la misma forma que hacía antes.
– ¿Qué ocurre?
– He tenido una idea.
– ¿Otra vez autoayuda?
– No, no. Es una novela policiaca.
Daniel volvió a dormir, impaciente por descubrir nuevas perspectivas.
Su mujer, en cambio, no pudo pegar ojo.


SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.

Lento

octubre 28, 2009

Era normal verle andando por la calle a eso de las once de la mañana, porque bajaba escrupulosamente puntual a las diez para comprar el pan. Antonio caminaba lento, muy lento, debido a una acumulación de achaques propios de la edad, que le obligaban a caminar pasito a pasito, como si caminara por una cuerda floja y estuviera a punto de caer al vacío. Y aunque la panadería se encontraba a sólo cinco minutos de distancia al paso de una persona normal, para él el trayecto se convertía en una odisea de más de una hora llena de dolor.
De vez en cuando, algún chaval pasaba a su lado y se burlaba de él. Le llamaban lentorro, y tortuga, y caracol, pero no les solía hacer caso porque los niños ahora son unos maleducados. Ni disciplina, ni cultura. Se avergonzaba de haber vivido una Guerra Civil que se llevó por delante a su hermano Sergio, y todo para dejar un país en manos de borregos e ignorantes. Ya nadie apreciaba las ideas, ni sentía pasión por ellas. Sólo compraban, insultaban…
Un día, sin embargo, las cosas se pusieron un poco más duras. Un chiquillo de no más de quince años se le acercó y, sin venir a cuento, lo empujó al suelo con brusquedad. Tenía en el pelo una estúpida coronilla, acné y una forma de hablar que arrastraba las palabras, como si odiara todas y cada una de las que tuvieran más de una sílaba. Y el estúpido primate se le acercó, le arrebató la cartera con brusquedad, y salió corriendo.
Antonio se quedó tirado, en el suelo, a punto de llorar. Él, que había corrido, que había vivido tanto… quiso permanecer allí, listo para morir. Era el ridículo, y la indefensión, y lo absurdo de la situación que le abatieron por completo. Aunque le ayudaron a levantarse, y todo fueron palabras amables y brazos que le ofrecían apoyo para volver a casa, de poco le sirvió. Porque conocía al chaval, y todos le tenían miedo y nadie haría nada. Y él jamás le hubiera alcanzado corriendo, él que tenía el valor de perseguirle.
En los sucesivos días, su mente se centró en la venganza. En el odio por una generación destinada a la vacuidad. Él no había luchado por aquello, volvió a repetirse. Y mientras, calibraba el revólver en sus manos, una vieja Luger que se encontró tirada en el suelo en Madrid (¿o fue en Segovia? Aquellos detalles se escurrían de su mente como mercurio a través de un sumidero). Sólo la disparó una vez, pero mató a su objetivo.
No recordaba qué sintió cuando el estampido, y el retroceso, y la figura delante de él, que caía al suelo vacía, se sucedieron en el minuto más violento de su vida.
Atacar a un viejo. Era indigno, y que él supiera, hasta impensable en la época que le vio nacer.
Tampoco recordaba que el arma pesara tanto.

Dos meses más tarde, cuando el chico volvió al barrio tras cumplir una pequeña condena por robo con intimidación, Antonio volvía de comprar el pan. Había salido de casa a las diez en punto, y ya eran las once menos cuarto.
De repente, sintió una mano que se escurría en su bolsillo y Antonio, con su velocidad sumamente mermada, no pudo impedirlo. El ladronzuelo, al que reconoció como el perpetrador de su anterior humillación, empezó a correr recto, y tenía mucha calle por delante antes de verse obligado a girar.
Antonio dirigió su mano derecha al bolsillo interior de su chaqueta de pana.
Un joven se acercó, de pelo largo y una mirada tan valiente que Antonio se reconoció en ella, y le ofreció ayuda.
– Puedo correr tras él. Sé dónde vive.
– No te molestes, él corre demasiado – dijo Antonio, hirviendo de furia.
Sacó la Luger delante de todos los vecinos y, lentamente, procedió a apuntar hacia delante. El hijo de perra seguía a lo lejos, y pudo reconocerle porque su vista apenas había empeorado en sus más de ochenta años de vida. El pulso se le estabilizó, como si el odio que tenía dentro le endureciera la pose, y el cañón del arma se quedó quieto, fijo sobre el objetivo.
– Pero esto corre más – apostilló el anciano.
Un disparo más tarde, el delincuente estaba en el suelo, y Antonio desconocía si vivo o muerto. La gente gritaba; el buen samaritano huyó envuelto en miedo. Le daba igual. En serio. Era viejo, y no le iban a condenar. Diablos, tal y como era el chico, hasta le aplaudirían. Pero le dejarían en paz, y él conseguiría enviar un poderoso mensaje a cualquier matón que se le acercara. No estaba indefenso. Él no correría demasiado, pero sus balas lo harían por él.
Y el revólver… bueno, la Luger ya no pesaba tanto.

Fe volante

abril 23, 2009

El cura estaba loco, eso pensaban sus habituales parroquianos. Porque por motivos que no quiso aclarar, ni siquiera en la última misa que ofició antes de partir, decidió batir el récord de permanencia en el aire con mil globos de fiesta.
La gente, los medios de comunicación, abarrotaron la pequeña plaza mayor de la ciudad, deseosos de ver volar al cura y, a ser posible, para arrancarle una confesión.
Pero fue imposible, porque el párroco era experto en sacar confesiones, no en darlas.
– ¿Y no teme que sea incapaz de manejar la trayectoria de su vuelo? – inquirió uno de sus habituales en misa.
– Dios guiará mi vuelo, ¡sin duda alguna!
Con esas palabras mandó que le soltaran con los globos, y subió y subió en el cielo estúpido y meteorológicamente desequilibrado, y fue alejándose cada vez más, arropado por los vítores y ánimos de los allí presentes.
Dos días más tarde, poco se supo de él, salvo que Dios había tenido a bien despojarle de unos cuantos globos.
Y ahora, sinceramente, ni Dios sabe dónde está el cura.
Ni por qué lo hizo.

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SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.

Los burros son la más dulce de las bestias

abril 23, 2009

Aquello nada tenía que ver con la ciudad. El Sol se levantaba orgulloso en el horizonte, sin nada gris en el cielo para hacerle frente o multiplicar su calor, y contra el cielo se recortaba una hermosa y rústica estampa donde cualquier hombre de ciudad podía poner los hombros en jarra y exclamar, excitado:
– ¡Esto sí es vida!
El hombre de los brazos en jarra, Antonio, que se había despertado, no con el sonido de un gallo, sino con el temprano e insistente rebuzno de un asno, venía de la ciudad de Madrid, y tal y como le habían aconsejado sus amigos y su terapeuta, volvió reticente y desconfiado al campo, aquel al que solía ir de pequeño. No obstante, cuando contaba con diez años había comprobado atónito cómo un lugareño fornicaba indistintamente con gallinas y corderos, y aunque al principio su mente infantil intentaba tapar los hechos con vivencias más agradables y juegos, comenzó a tener pesadillas recurrentes de pollos con cabeza humana, y jerseys de lana procedente de paletos peludos; antes de cumplir veinte años, decidió no volver nunca a aquellos parajes, ni a cualquiera que se les pareciera, dejó de comer pollo asado y cordero y empezó a considerar la ingesta de huevos como un acto de piedad. Sin embargo, ahora tenía treinta y cinco años y aunque había dejado el tabaco, tosía con frecuencia; el cabello se le caía a puñados, que a veces tiraba al retrete con desprecio y otras veces acariciaba como si cada uno fuera un hijo; y las pocas horas de sueño que tenía no eran provechosas y resultaban poco saludables. El diagnóstico fue demoledor: estrés. Demasiado estrés.
Fue la insistencia de su novia y algunos de sus amigos más cercanos por lo que cedió. No contó la noticia a sus padres, pues estaban seguros de que Antonio no volvería a la tierra de sus abuelos y no quería estropearles aquel pensamiento que habían tardado varios años en asumir. Tratar de explicarles el súbito cambio de parecer, motivado por media hora frente a un médico, podría parecerles injusto si se tenía en cuenta que ellos habían hablado del tema mucho más tiempo.
Y cogió las maletas, condujo dos horas con un par de discos de Fleetwood Mac y acabó en medio de Castilla y León, y antes de que se diera cuenta estaba desempacando sus cosas en la pequeña casa que hacía años le vio jugar. Nada había cambiado en aquel pueblo, y tuvo un ataque de ansiedad al ver una vaca pasar frente a su casa; se encerró en la vetusta casa de sus bisabuelos y respiró hondo: había venido para tener algo de descanso, no para rememorar viejos y malos momentos.
Así, en aquella gloriosa mañana, Antonio creyó volverse a reconciliar con las raíces familiares, e inflado de valor y optimismo, se lanzó a un temerario paseo por los tranquilos campos que se encontraban a apenas diez minutos de camino agreste. Como no sabía dónde ir, decidió rastrear los rebuznos que le habían despertado, y encontró una pequeña granja, con un pequeño granjero de unos cincuenta años a sus puertas, subido a un taburete y peinando al asno, que se había tranquilizado. A su lado había un plato con mantequilla, y aunque el olor no era el ideal, Antonio pensó que un desayuno al lado de un burro siempre podría ser mejor que en una ciudad llena de contaminación.
– Bonito ejemplar – dijo Antonio, contento.
– ¿Eh? – el lugareño trató de encontrar un significado a aquella palabra, como quien busca el significado a la palabra “kadapaloulos”.
– Digo que el burro es muy bonito.
– Ya ve, ¿eh? – contestó, palmeando con orgullo los cuartos traseros del animal -. ¿Quién es usted?
– Antonio Moreno, el hijo de Hernán Moreno…
– … el Gamusino.
– No, Hernán Moreno – contestó airado Antonio. No soportaba los motes de pueblo, ni que le recordaran que su padre era bajito y de actitud esquiva.
– Coño, el Gamusino.
– ¡Que no, que es Hernán Moreno!
– ¡EL GAMUSINO, ES EL JODÍO GAMUSINO COÑO!
Antonio desistió. No necesitaba hacer entrar en razón al lugareño; ya se creía lo suficientemente superior a él.
– Vale. Ése – suspiró.
– ¿Y qué le trae aquí, Gamusinillo?
Su mente se tomó un poco de tiempo para pedir tranquilidad, pues abortó un golpe de estado de su boca para gritar su nombre. La parte reptil de su cerebro, director de orquesta del golpe, se negaba a dar su brazo a partir, por mucho que pudiera regenerarlo, pero acabó recapitulando y volvió a sus tareas habituales. Al final, Antonio explicó con voz átona: El estrés. Tengo muchos nervios, y pensé que esto sería lo mejor.
– Pues ha acertao de pleno. ¿Sabe cuál es mi remedio?
La mente urbanita de Antonio soñó con paseos en mitad del campo, la apacible rutina de una vida al margen de las prisas inventadas por el mundo civilizado, la comunión con la naturaleza y esas cosas.
– Sorpréndame – replicó ufano.
– Hágaselo con el burro. Le dejo, pero no se envicie, ¿eh?
– ¿¡Qué!? – gimió Antonio. Viejos traumas no sólo se desenterraron, sino que amenazaron con erguirse y darle un bocado en la pierna.
– Oh, al principio son algo ariscos, pero enseguida se dejan, ¿sabe? Son la más dulce de las bestias, no como dicen de la mujer, que uno nunca sabe a qué atenerse, porque les duele la cabeza o te atizan con la sartén si les insistes un poquito…
– ¿Cómo será un poquito para este hombre? – pensó Antonio.
– … pero aquí ve a éste, que todas las mañanas me levanta a rebuznos para que le dé lo suyo.
– Oh Dios, y me dirá que la manquilla es para él, ¿no?
– No, ¡es para mí! Je, je, je. Es que me ha interrumpío, ¿sabe?
Antonio salió corriendo hacia la casa de sus bisabuelos, volvió a hacer las maletas y salió escopeteado de allí. El lugareño contempló su huída entre risas de satisfacción.
– Estos de ciudad – dijo a su compañero équido sin soltar su grupa -, se piensan que nos lo hacemos con todo. ¡Un burro! ¿Quién sería tan bestia? Todo el mundo sabe lo fáciles y placenteras que son las gallinas.
El burro rebuznó furiosamente un par de veces.
– No te pongas así, ¿vale? Sabes que no puedo dejarte mirar.