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El Gafe

diciembre 20, 2008

Llovía como si no fuera a llover nunca más, era el maldito Diluvio Universal. Acababa de salir del trabajo y por una vez, tenía un paraguas bajo el que protegerme; los días anteriores el paraguas siempre se me olvidaba en casa, o lo dejaba pensando que no caería ni una gota. Podré valer para cien tareas estúpidas, pero imposible la de zahorí.
Como pasa siempre con los paraguas, nunca te libras del todo del agua. Los pantalones empezaron a calárseme y el viento hacía que las gotas esquivaran el paraguas y se estrellaran alegremente contra mi cuerpo. La gente no se molestaba en evitarme, y se formaban colas en las calles estrechas para poder pasar todos bien secos. Quise tirar aquel alambre cubierto de tela, pero tenía dos libros en los bolsillos de la cazadora y me daba pena que se mojaran.
Llegué a la parada del autobús. No había nadie, y eso me gustó. Me encantan las personas, pero odio a la gente; una enfermedad común en una urbe llena de almas desesperadas por sobrevivir, que no vivir. Quedaban cinco minutos para que se inaugurara el servicio nocturno que sustituye al metro, así que me quedé de pie, con el paraguas plegado, al solaz de la parada. Iluso de mí, pensaba estar en casa en veinte minutos.
Un par de minutos después, llegó un hombre con un paraguas enorme. Al principio no le di importancia, pero no tardó en inquietarme el hecho de que no cerrara el paraguas bajo el techo de la parada. Por si no fuera suficiente, el hombre miraba en dirección contraria al tráfico, por lo que se chocaba con los ocasionales vistazos que echaba a la carretera para comprobar la llegada del bus. La cara le cambió. Parecía enfadarse más y más, pero no le hice caso.
Luego apareció una pareja, la cual inició una charla ligera con el hombre acerca de su enorme paraguas; el tipo empezó a hincharse como una paloma que hubiera comido un alka sheltzer, y a sonreír de forma estúpida y triunfal hacia mí. Hasta esperando el autobús te encuentras con una competición de pollas, pensé.
A los diez minutos, un escuálido personaje embutido en ropas negras y ajustadas hizo su aparición, sin nada con lo que protegerse y con gesto de dolor constante. Era fácil, imaginarle bajo las ruedas de un coche o en un pulmón de acero. Seguí a lo mío, que era desesperarme y desear que los políticos dejaran el coche oficial y compartieran el transporte público con la plebe. Nunca funcionaría: jamás sabrían usar un ticket de metro. Preguntarían: ¿Y esto lo uso yo o mi chofer?
El reloj daba vueltas y el minutero escupía minutos con la misma facilidad con que el cielo nos escupía a nosotros. Había seis personas en la parada, apiñadas como náufragos en una isla desierta, y de cuando en cuando surgían charlas ligeras, sobre la lluvia o el tamaño de los paraguas: el hombre volvió a sonreír estúpidamente en mi dirección; por mi parte, intenté hablar de otra cosa que no fuera lluvia, pero no se me ocurrió nada y pensé que tampoco me harían mucho caso. Uno ya no puede luchar ni contra las conversaciones intrascendentes. Y entonces, con veinte minutos de retraso, el pellejo de negro se dirigió al resto con ademanes de actor de teatro.
– Les voy a hacer un gran favor a todos ustedes – sentenció. El dolor en su rostro se vio solapado por una sonrisa de caballerosidad. El tipo creía en serio que nos estaba ayudando -. Me voy, y SEGURO que el autobús que esperan no tardará en aparecer.
Se adentró en la lluvia y giró una esquina próxima, encogiéndose poco a poco como si el agua le empequeñeciera. Le tomamos por loco, y la charla ligera encontró un nuevo tema con el que sobrevivir.
A los treinta segundos, la lluvia arreció, y el estruendo del agua chocando contra todo lo que alcanzaba la vista inundaba mis oídos. El olor a mojado se incrementó, al igual que un aire frío y casi palpable en su humedad. Consideré el hacerme una piragua con un par de cartones para volver a casa.
A los sesenta segundos, apareció el autobús. Aquel hombre no era un loco, era un gafe. Me senté cerca de la puerta y miré a través de la ventana, sin ver nada. Al fin volvería a casa. Un buen gafe, sí. Mi cabeza comenzó a imaginarse gilipolleces como que el pellejudo lavaba el coche en Murcia y cosas así, y el autobús arrancó.
De repente, oí un par de golpes, unos gritos desesperados, y encontré la fuente en el gafe al que daba por ahogado: como si pretendiera engañar el destino, había simulado que se iba. Ahora corría, sin éxito, paralelo al autobús. Pocos metros más adelante, resbaló con algo y cayó al suelo, y lo último que vi fue su cuerpo inerte en la calzada, alejándose más y más…
Vaya loco, pensé. Y la lluvia amainó.