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Odiando las colas

diciembre 10, 2006

Nunca me he considerado un hombre bueno.
Cada uno hacemos lo necesario para poder vivir mejor. Yo pasé por delante de varias personas, entre ellas amigos y parejas, para conseguir un buen dinero cada mes y una vida estables; ellos me maldecían y su existencia se tambaleaba por mis actos, pero estoy casi seguro que lograron recuperarse.
Por eso, ya en mi vejez, comprendí que si había algo después de la muerte, para mí no sería precisamente agradable. Digamos que pensaba más en horcas y ollas hirviendo que en liras y bebés voladores; no era algo que me obsesionara, pero me procuraba noches inquietas y sudores fríos, lúgubres pensamientos de violencia constante.
Me morí a los ochenta y dos años, sujetándome el pecho y soltando un grito ahogado mientras esperaba para pagar en la cola del supermercado. Antes de que mis ojos se cerraran, vi a la gente arremolinarse a mi alrededor y aun con los ojos cerrados escuchaba sus llantos y protestas, todas inútiles. Imbéciles, pensé, les odié mientras hacía cola y les seguía odiando a pesar de estar a punto de morir. No llegué vivo a la ambulancia.
Desperté en un inmenso desierto, al final de una larga fila de personas que se perdía en el horizonte. No me explicaba nada, así que resuelto salí de mi puesto en la cola y sentí que no debía hacer eso. Avancé varios kilómetros sin cansarme, no sentía ninguna molestia en el cuerpo, hasta que me harté y pregunté a un hombre con ropa del siglo XVIII o algo así; la cola seguía extendiéndose, perdida en el horizonte.
– Disculpe – dije -, ¿podría decirme para qué es esto? ¿Para juzgarnos?
– No, buen hombre, ya hemos sido juzgados. Estamos esperando para entrar en el infierno.
– Un momento, ¿que hay cola para entrar?
– No dan a basto. Yo de vos volvería a mi puesto. A cada minuto que pasa llegan más personas, y de vez en cuando llegan guardianes para evitar que nadie se cuele.
Increible, ¡tenía que esperar para entrar en el puto infierno!
Caminé de vuelta y diez mil personas ocuparon mi puesto durante mi ausencia; ni aparecían de la nada ni cosas de esas: parpadeabas y ya estaban así, como si llevaran toda una eternidad.
Surgió en mi cabeza una ocurrencia.
Odio las colas. Las odio con todas mis fuerzas. Morí en una cola y en general te pasas media vida haciendo cola, esperando y esperando y esperando. Joder, no quería pasar siglos esperando que, encima, me torturaran.
E hice lo que se tiene que decir para escapar del infierno: me arrodillé, subí la vista y grité:
– ¡Me arrepiento de todos mis pecados! – y lo dije de corazón.
Unos demonios se acercaban corriendo para hacerme jirones por dejar mi puesto, las babas colgando de múltiples y afiladas hileras de colmillos.
Cometieron un error.
Parpadearon, antes de cogerme.
De nuevo, una transición suave, cerré los ojos en el desierto templado y los abrí en una llanura de nubes tal y como uno imagina que es el cielo.
Había cuatro almas en la entrada, apenas tendría que esperar unos minutos, y qué remedio, pasé al cielo.

© sobre el texto: Seth Fortuyn
© sobre el dibujo: mehmeturgut