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El simio azul es un glotón (II)

noviembre 14, 2008

– Te vuelvo a decir que yo no quiero estar aquí, Rodrigo.
– Lo sé, María, me lo dices todas las semanas, pero luego vuelves – contestó el terapeuta con cierto triunfalismo
– Mira, mi madre me obliga…
– ¿Y qué?
– ¿Cómo que y qué? Ya te lo he dicho, a ella y a usted: tuve como una especie de epifanía. No sabría decir por qué, ni tampoco por qué fue ese día. Simplemente, lo que me parecía correcto un día dejó de serlo al siguiente.
– Digo que vuelves… siendo una mayor de edad – señaló a María con cierto retintín -. Si no quieres venir, no vengas. O no me dices nada, o por lo menos te quejas con un poco de fundamento; pero no vengas aquí para irte por los cerros de Úbeda.
– Bueno… el otro día… pasó algo raro – comentó María.
– Cuéntame.
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Así que estaba en aquella calle, con todo ese calor. Y creí que había un detective o algo por el estilo justo detrás de mí, y miré atrás pero sólo había una vieja. Ya sabe, vestida de negro, encorvada… Tampoco le presté demasiada atención.>>
– ¿Y pasó algo más?
– Ocurrió algo muy raro… Una cosa apareció.
– ¿Una cosa? ¿Qué cosa?
– Me da vergüenza decirlo, verás… – hizo una pausa. Tomó aire. Se frotó la cara con las manos. No se podía creer ni lo que había visto ni que iba a decirlo -. Era un mono – dijo con aplomo. Soltó una bocanada de aire, como si estuvieran a punto de operarla a corazón abierto.
– ¿Un mono? – preguntó, incrédulo, Rodrigo. Comenzó a garabatear en su cuaderno de notas.
– Sí, o un simio o… nunca he sabido la diferencia. Tampoco es que me importe demasiado. El caso es que era raro. – Volvió a detenerse. Le estaba costando más de lo que pensaba. La noche anterior había estado pensando en la situación, y consideró que era mejor decir la verdad: si mentía, se le notaría demasiado.- Era un mono azul. Con unas manchitas púrpura en los carrillos.
– María, ¿me estás tomando el pelo? – El terapeuta estaba empezando a enfadarse. Dejó de anotar, y se aseguró de que María tenía su atención puesta en él: abandonó el cuaderno encima de la mesa, con el bolígrafo meticulosamente situado encima.
Clavó su mirada en María.
– ¿Un mono azul?
– Suena absurdo – dijo, al borde del llanto -, pero lo peor no fue eso…
– Mira, se supone que íbamos a tratar la bulimia y esa paranoia leve… pero de esto no tenía ni idea. ¿Habías tomado algo?
María se enfadó también. Era una acusación injusta, teniendo en cuenta que estaba diciendo la verdad.
– ¡Claro que no! ¿Pero quiere dejarme acabar? ¡Eso no fue lo peor, ni mucho menos!
– Entonces, ¿qué fue? – dijo Rodrigo, recostándose en el sofá.
– El simio azul… se tragó a la anciana. Apareció detrás de ella y se la comió.
– ¿Cómo?
– En serio. Entera.
– Pero…
– No es como cuanto tú o yo comemos.
María comenzó a sudar. Estaba pasando por una loca, y no quería nada de eso. No, no, su madre entonces la mandaría a más terapia y nunca saldría de ahí y nunca volvería a ser normal… que era lo que anhelaba. Por eso había dejado de vomitar, pero ya nadie la creía, y ahora las cosas habían dejado de depender de ella.
Pero iba a decir la verdad. Aunque le costara más semanas de terapia.
– Primero, comenzó a abrir la boca… mucho. Como una serpiente – interpretó el gesto como pudo, ayudada por los brazos -. Y luego, en un segundo, la boca se cerró de repente sobre la mujer, como un parpadeo, y ella… fue como si cayera dentro. Como si hubiera un agujero negro o algo así, ¿comprende?
– Me temo que voy a tener que hablar con tu madre, María. Esto no es ni remotamente normal.
Ella supo que interrogaría a su madre, y que intentaría sacar algo más en claro, aparte de sus delirantes declaraciones. Pero no encontraría nada.
Rodrigo se levantó, se acercó a la puerta e invitó a María a salir de allí. María no se negó, sino que agradeció aquello porque quería hundirse en el pasillo frente a la consulta.
¿Por qué tenía que pasarle una cosa tan rara? Aunque agradecida, también se sintió frustrada por no haber tenido tiempo de contar a Rodrigo que el simio volvía de vez en cuando; seguía el mismo ritual, que consistía en esperar a que la paranoia de María le hiciera girar la cabeza. Entonces, la bestia aparecía, y se tragaba a alguien. Lo hacía delante de varias personas, daba igual lo concurrida que estuviera la calle: el simio venía, zampaba y quedaba impune.
Y luego, la miraba. Aguantaba la mirada y, con los ojos casi humanos todavía fijos, levantaba un pie y se lo llevaba a la boca. Y con la misma velocidad con la que se tragaba a la gente, el simio azul se engullía a sí mismo sin dejar ni rastro.
– Drogas – dijo en voz alta.
Se rió. Ojala fuera tan sencillo de justificar.

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