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El significado de la Navidad

enero 7, 2018

Luis intentaba mirar a través de la ventana de su quinto piso. Quería ver las luces que la asociación de vecinos había colocado en las calles, pero con tanta iluminación en su salón, navideña y habitual, sólo se veía a él mismo reflejado, superpuesto contra su voluntad sobre Madrid. Quiso pedirle a su mujer que los dejara a oscuras, que quería ver si la Navidad era también esa contaminación lumínica hortera que habían pagado entre todos, pero supo que era una tontería muy poco después de tener la idea.

Entonces llamaron a la puerta, supo que era uno de sus dos hijos, y volvió a su trance habitual, como si fuera la aguja de un tocadiscos y le bajaran sobre los surcos que recorría a diario. Pero una pequeña parte de él latía a destiempo, sí, un secretito que guardaba y que se moría por usar bajo cualquier excusa.

Y así se quedaría durante toda la cena de Nochebuena, un niño ansioso por abrir su regalo, aguardando una señal. Hasta entonces, dormiría con los ojos abiertos: estaba acostumbrado.

 

Casi toda la familia esperaba que la cena transcurriera con la placidez habitual. Se llenarían de embutidos, marisco, aperitivos, bebidas, pan, y luego Beatriz sacaría la pava, ésa que su marido Luís y ella habían cocinado toda la tarde, y alguno de sus dos hijos, lo más probable Alberto, se quejaría en voz alta de que no hacía falta pava con tanto entremés. Y más tarde se felicitaría a los chefs, despejarían la mesa rápido, servirían los postres; cava, brindis, charla. La entrega de regalos como colofón.

Luis se veía ya en la cocina. Guardaré los platos con parsimonia y luego me escabulliré a la terraza que da al patio interior, y entonces…

— Pues Sofía y yo tenemos una noticia que contar — irrumpió Fran, el otro hijo.

Su padre volvió en sí, desilusionado por despertar tan pronto. Aún estaban con los entremeses.

Fran anunció que estaban esperando un hijo. Su hermano se levantó llorando para abrazarle y las concuñadas se felicitaron con una sonrisa. Beatriz también lloró, y se dedicó a besar a todo el mundo, con urgencia, como si sus labios tuvieran una vacuna que tenía que administrar de inmediato.  

Pero Luís se quedó paralizado. Los años que no había notado pasar transcurrieron todos de golpe. ¿No era demasiado pronto? No. Él contaba treinta y cinco cuando tuvo a Fran y Alberto: ambos cumplieron treinta y dos cuatro meses atrás. ¿Era el mejor momento? ¿Lo harían bien? Tampoco le correspondía contestar a ninguna de esas preguntas, esas que Luis ya se hiciera al ser padre. De ese modo tuvo la vertiginosa idea de que ya había contribuido al futuro y que éste ya no le necesitaba para seguir construyéndose.

Al final Luis se incorporó a la alegría general y nadie notó su zozobra, al menos hasta que brindaron y, en mitad de la charla posterior, se excusó para recoger los platos.

 

El patio interior delataba que sólo un par de pisos estaban vacíos. La ropa colgaba entre nubes de vapor que salían de las calderas, a las que se había sumado otra nube muy distinta: por fin, Luis pudo abrir su secretito, el puro que había comprado de estrangis esa mañana.

Nada impedirá que me lo termine, pensó. Y por eso no lo apagó, ni se escondió, cuando Fran recorrió la cocina y se le unió a la terraza del patio.

— ¿No habías dejado de fumar?

— Por hoy, he vuelto. La ocasión lo merece, ¿no?

— A mí no me pongas de excusa, que todos sabemos que te has pasado ocho años de mono.

— Pues entonces tengamos la fiesta en paz, ¿vale?

Fran quiso quitarle el puro de un manotazo, pero pasaba de peleas. No sabía lo que era discutir en serio con sus padres desde los veinte años y no iba a refrescar la sensación en un día tan bonito.

— Pero se supone que no podías fumar más, ¿no? Que tenías bronquitis crónica y que era fumar o palmarla.

— En realidad no es así.

En realidad sí lo era, pero Luis se mentía a sí mismo. Tenía tanta práctica que conseguía creerse a menudo.

— Mira, hijo, es que… después de veros independizaros y ahora con esta noticia… tengo la impresión de que ya no necesitáis que os esté cuidando. Que podéis hacerlo solos, ¿vale? Así que he decidido que ya puedo hacer lo que me dé la gana.

— Pero eso no está bien, papá.

Fran le puso la mano en el hombro a Luis, y su mirada le hizo más daño que cualquier tos matutina provocada por las flemas, de esas que le partían por la mitad.

— Prefiero… — Fran pensó que ponerse a él no sería suficiente, que tenía que añadir peso a sus argumentos para que su padre no pudiera disiparlos, tal y como hacía con el humo que salía de su boca. — Preferiríamos, tu futuro nieto también, tenerte por aquí más tiempo, aunque sea con mono. ¿Me prometes que éste es el último? ¿Y ya no fumas más?

Luis tocó la mano de su hijo.

— Éste y no más.

Se abrazaron con fuerza, para sellar el trato, y Fran volvió al salón para seguir hablando de todas las disparatadas prohibiciones que se le hacían en la actualidad a las embarazadas, para sorpresa de Beatriz.

Luis se terminó el puro con una sonrisa. Porque la Navidad era esto: las luces horteras, las cenas familiares, los regalos inesperados como la noticia de Fran o el libro de Ken Follet que le daría Alberto más tarde. Pero no podía quitarse de la cabeza que el día 26 correría al estanco a comprarse el primer paquete de cigarrillos en años, el primero de muchos, y que la Navidad también era engañar a tus hijos para que sean felices, al menos durante una temporada.

— Feliz Navidad — dijo Luis a nadie, al humo, a sí mismo.


Foto de Markus Spiske freeforcommercialuse.net from Pexels 

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Dos niños

marzo 22, 2009

Juan y Santigo estaban en el patio de su colegio. Ambos tenían seis años, pero eso no les impedía discutir acaloradamente.
– ¡Que sí, te lo juro que es verdad! ¡Que se mueran mis padres si miento!
Mientras seguían gritando, Sole, su profesora, cruzó el patio y llegó hasta Santiago. Ella parecía haber estado llorando, y haberse tragado el llanto como el más amargo de los platos.
– Santigo. He de darte una mala noticia: tus padres han muerto.
Los tres se quedaron atónitos, sin saber qué decir.
Luego, Juan, visiblemente enfadado, frunció el ceño, apretó los labios, se acercó a Santiago y le propinó un puñetazo en la nariz con todas sus fuerzas; su víctima cayó al suelo, asediado por un inmenso dolor físico y mental.
Y mientras Santiago se retorcía, Juan gritó, antes de volver a clase:
– ¿Ves como los Reyes Magos no son los padres? ¡Mentiroso!

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SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
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