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El simio azul es un glotón (III)

junio 7, 2009

Pasaron varios meses. María intentó recomponer su vida como si fueran trozos de cristal desperdigados por el suelo; su madre, a pesar de sus tentativas, seguía sin darse cuenta de que sufría por su culpa unas terapias que había dejado de necesitar. Además, todos sus allegados supieron de su enfermedad ya superada, y comenzaron a tratarla con demasiado respeto, como si todavía fuera a vomitar después de una comida; María miraba entonces a quien fuera con suspicacia, y se encerraba en su cuarto. Al menos, pensaba con un leve resquicio de humor negro, ya no lloro sobre el váter.
Tumbada sobre la cama, con la vista perdida en el techo y el oído atento a los delirios paranoicos de sus tías y de su madre, María se preguntaba sobre el simio, esa presencia ominosa y delirante que protagonizaba cada una de sus incursiones en el mundo exterior; en ese sentido, esa alucinación o-lo-que-fuera era muy selectiva y procuraba aparecerse sólo cuando ella estaba en la calle. A veces le daba vueltas a aquello y creía que era porque aquel ente prefería no llamar su atención de forma completa, eliminando a alguien conocido por ejemplo, sino mantenerse en un incómodo segundo plano.
El verdadero problema era que necesitaba contárselo a alguien más o reventaría. Sólo su psiquiatra conocía el secreto, y ni la creía ni la daba cuerda para que se explicara con mayor claridad: se limitaba a golpearse la rodilla, tsk tsk tsk, y a pedirla POR FAVOR que se limitara a hablar de comidas y lo que sentía frente a un filete de ternera jugoso.
Podría tratar de explicárselo a su madre, pero si ella no conseguía comprender que la bulimia era cosa del pasado, ¿cómo iba a asimilar que María podía ver a un simio azul comiéndose a gente y luego tragándose a sí mismo? Nah, la lanzaría a un pozo más profundo todavía: con seguridad, la condenaría a una vida de medicaciones forzadas, baba en la comisura de los labios y centros de esos que se llaman “por tu bien”.
Sintió un escalofrío, y sonó el teléfono.

– ¿Sí? – balbució María, agitada por sus recientes pensamientos.
– ¡Hola María! ¿Haces algo mañana viernes? – preguntó Miguel, su mejor amigo del instituto.
María había adquirido la costumbre de imaginar las caras de quienes la llamaban, algo que solucionaba casi siempre con el mismo gesto, el de la preocupación constante. Le desagradó que Miguel pudiera sugerirla un plan tan alegremente cuando en realidad se encontraba inquieto por su salud, por lo que se dejó de ensoñaciones para alejar el mal humor. – Mmh – contestó para ganar tiempo.
Y aceptó ir al parque.

No hacía exactamente mal tiempo. No era el tipo de clima que te preocupa porque te falte o te sobre ropa; el viento soplaba bajo la camiseta cuando María creía encontrarse abrigada, y sudores propios del verano aparecían en cuanto andaba unos metros. Por un momento, pensó que todo estaba mal en el mundo: su vida era un estercolero y lo peor es que no sabía si tenía frío o calor.
Miguel se encontraba sentado sobre el respaldo de un banco, leyendo un libro, “Escupiré sobre vuestra tumba” de Boris Vian.
– Es un título horrible – dijo María.
Su amigo cerró el libro y se sonrojó un poco. Procuraba crear una buena impresión, pero ese tipo de detalles parecían no ayudar. Bajó del banco, se acercó a María y le dio un fuerte abrazo.
Al principio, María se sintió reconfortada. No le gustaba nada de lo que le estaba pasando, y la gente se preocupaba demasiado pero no daba muestras de ello más allá de las palabras. Miguel sí lo hizo, pero enseguida comprendió que lo hacía más por la bulimia que por el conjunto, así que se enfadó y apartó a su amigo de un empujón.
– Quita…
– ¿Pero qué haces? – inquirió, con preocupación.
– Maldita sea – dijo María. No podía llorar. Se llevó los dedos a la sien y cerró los ojos, y cuando volvió a abrirlos había apartado la cólera. – Mira, lo siento, pero es importante que sobre todo tú comprendas que nada de lo que dice mi madre es verdad. Estoy curada, ¿vale?
– Vale.
– Pero tengo otros problemas. Antes de contártelos… – hizo una pausa. Un corredor con cascos de música hacía una gran parte de su recorrido con los ojos cerrados, como un caballo sesteando en pleno galope. María no supo por qué se fijó en él. – Quiero que me prometas que no me vas a tomar por loca. Va a sonarte muy raro, pero…
El corredor no vio al simio azul, que trotaba con las cuatro extremidades a su lado, y que se hinchó como si fuera un globo, preparándose para el festín. Víctima y verdugo corrieron a la par hasta quedarse a apenas tres metros de María y Miguel.
– ¿Pero…? – preguntó Miguel, alarmado por el tono de urgencia y locura de su amiga.
– ¡Mira detrás de ti! – exclamó María.
– ¿Por qué?
El simio decidió abandonar al corredor, aceleró y a un metro de Miguel pegó un salto. En mitad del aire, abrió la boca más de un metro noventa y, para cuando aterrizó, ya se había tragado al joven. Luego se quedó parado, en pleno desafío con María. Ella alargó la mano y tocó su hocico. Parecía real. Entonces el primate volvió a autofagocitarse.
– Hijo de puta – sollozó María.
Claro que era real.

El simio azul es un glotón (II)

noviembre 14, 2008

– Te vuelvo a decir que yo no quiero estar aquí, Rodrigo.
– Lo sé, María, me lo dices todas las semanas, pero luego vuelves – contestó el terapeuta con cierto triunfalismo
– Mira, mi madre me obliga…
– ¿Y qué?
– ¿Cómo que y qué? Ya te lo he dicho, a ella y a usted: tuve como una especie de epifanía. No sabría decir por qué, ni tampoco por qué fue ese día. Simplemente, lo que me parecía correcto un día dejó de serlo al siguiente.
– Digo que vuelves… siendo una mayor de edad – señaló a María con cierto retintín -. Si no quieres venir, no vengas. O no me dices nada, o por lo menos te quejas con un poco de fundamento; pero no vengas aquí para irte por los cerros de Úbeda.
– Bueno… el otro día… pasó algo raro – comentó María.
– Cuéntame.
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Así que estaba en aquella calle, con todo ese calor. Y creí que había un detective o algo por el estilo justo detrás de mí, y miré atrás pero sólo había una vieja. Ya sabe, vestida de negro, encorvada… Tampoco le presté demasiada atención.>>
– ¿Y pasó algo más?
– Ocurrió algo muy raro… Una cosa apareció.
– ¿Una cosa? ¿Qué cosa?
– Me da vergüenza decirlo, verás… – hizo una pausa. Tomó aire. Se frotó la cara con las manos. No se podía creer ni lo que había visto ni que iba a decirlo -. Era un mono – dijo con aplomo. Soltó una bocanada de aire, como si estuvieran a punto de operarla a corazón abierto.
– ¿Un mono? – preguntó, incrédulo, Rodrigo. Comenzó a garabatear en su cuaderno de notas.
– Sí, o un simio o… nunca he sabido la diferencia. Tampoco es que me importe demasiado. El caso es que era raro. – Volvió a detenerse. Le estaba costando más de lo que pensaba. La noche anterior había estado pensando en la situación, y consideró que era mejor decir la verdad: si mentía, se le notaría demasiado.- Era un mono azul. Con unas manchitas púrpura en los carrillos.
– María, ¿me estás tomando el pelo? – El terapeuta estaba empezando a enfadarse. Dejó de anotar, y se aseguró de que María tenía su atención puesta en él: abandonó el cuaderno encima de la mesa, con el bolígrafo meticulosamente situado encima.
Clavó su mirada en María.
– ¿Un mono azul?
– Suena absurdo – dijo, al borde del llanto -, pero lo peor no fue eso…
– Mira, se supone que íbamos a tratar la bulimia y esa paranoia leve… pero de esto no tenía ni idea. ¿Habías tomado algo?
María se enfadó también. Era una acusación injusta, teniendo en cuenta que estaba diciendo la verdad.
– ¡Claro que no! ¿Pero quiere dejarme acabar? ¡Eso no fue lo peor, ni mucho menos!
– Entonces, ¿qué fue? – dijo Rodrigo, recostándose en el sofá.
– El simio azul… se tragó a la anciana. Apareció detrás de ella y se la comió.
– ¿Cómo?
– En serio. Entera.
– Pero…
– No es como cuanto tú o yo comemos.
María comenzó a sudar. Estaba pasando por una loca, y no quería nada de eso. No, no, su madre entonces la mandaría a más terapia y nunca saldría de ahí y nunca volvería a ser normal… que era lo que anhelaba. Por eso había dejado de vomitar, pero ya nadie la creía, y ahora las cosas habían dejado de depender de ella.
Pero iba a decir la verdad. Aunque le costara más semanas de terapia.
– Primero, comenzó a abrir la boca… mucho. Como una serpiente – interpretó el gesto como pudo, ayudada por los brazos -. Y luego, en un segundo, la boca se cerró de repente sobre la mujer, como un parpadeo, y ella… fue como si cayera dentro. Como si hubiera un agujero negro o algo así, ¿comprende?
– Me temo que voy a tener que hablar con tu madre, María. Esto no es ni remotamente normal.
Ella supo que interrogaría a su madre, y que intentaría sacar algo más en claro, aparte de sus delirantes declaraciones. Pero no encontraría nada.
Rodrigo se levantó, se acercó a la puerta e invitó a María a salir de allí. María no se negó, sino que agradeció aquello porque quería hundirse en el pasillo frente a la consulta.
¿Por qué tenía que pasarle una cosa tan rara? Aunque agradecida, también se sintió frustrada por no haber tenido tiempo de contar a Rodrigo que el simio volvía de vez en cuando; seguía el mismo ritual, que consistía en esperar a que la paranoia de María le hiciera girar la cabeza. Entonces, la bestia aparecía, y se tragaba a alguien. Lo hacía delante de varias personas, daba igual lo concurrida que estuviera la calle: el simio venía, zampaba y quedaba impune.
Y luego, la miraba. Aguantaba la mirada y, con los ojos casi humanos todavía fijos, levantaba un pie y se lo llevaba a la boca. Y con la misma velocidad con la que se tragaba a la gente, el simio azul se engullía a sí mismo sin dejar ni rastro.
– Drogas – dijo en voz alta.
Se rió. Ojala fuera tan sencillo de justificar.

El simio azul es un glotón (I)

octubre 13, 2008

Una lágrima cayó al fondo de la taza, se mezcló con el agua, el desinfectante que le daba su color químico y azulado y su propio vómito. María sintió una profunda tristeza.
Pensó que no quería derramar más lágrimas en la cisterna.
Pero así era el sacrificio personal; a pesar de tener un aspecto prácticamente saludable – salvo, quizás, por las profundas ojeras y marcas blancas en las uñas y puntas abiertas en el pelo -, realizaba aquel rito de exorcismo alimenticio todos los domingos, y algún día entre semana.
Sólo cuando un detalle tan, en apariencia, vulgarmente poético como sus lágrimas mezcladas con el vómito, le hizo estremecerse, pudo coger algo de perspectiva. Desde que empezara con estas prácticas, cada vez que cruzaba la puerta del baño conseguía desembarazarse de su sentido común, que permanecía flotando sobre su cabeza, unidos ambos por un fino hilo; y aquel momento hizo que tirara del hilo para sí antes de tiempo. Más tarde recordaría ese instante, porque fue cuando sus fluidos convergieron cuando pudo situarse a la distancia justa para comprender la locura que estaba haciendo.
Se apoyó en la cisterna para levantarse y acabó sentada sobre la taza, a punto de reír. Todo era ridículo. Un año se había pasado ocultando ese pedacito repugnante y miserable de su vida, con un miedo permanente a ser descubierta por su familia. Se imaginaba yendo a terapia, sometida a la mirada acusadora, o condescendiente, de todos cuanto la rodeaban (incluso de quienes le exigían un canon de belleza que le costaba alcanzar); y sentía sudores fríos, y se veía incapaz de soportar la presión de seguir en pie, no por ella misma, sino por los demás.
Quince años, se dijo. Se sentía mucho más vieja, pero el espejo le escondía las arrugas más profundas.

María había despertado de la pesadilla que se había autoimpuesto, y se sintió profundamente afortunada de haberlo hecho sola. Claro que sus padres podrían haber sospechado algo, pero no había conductas extrañas en su comportamiento de la puerta del baño para fuera; era su secreto junto a la cisterna, y el recuerdo se colaba por el retrete al tirar de la cadena.
Por lo tanto, a menos de que la hubieran espiado (¿qué era eso?), mantenían intacta su confianza en que ella era una chica normal para los demás.
María se acercó al espejo, y entrecerró los ojos como si un gran secreto fuera a aparecer de un momento a otro. Percibió algo que sobraba en el cuarto de baño, pero no daba con su localización; era una sensación extraña, como hablar con una persona que nunca parpadea.
Por fin, después de cinco minutos de nerviosa búsqueda, dio con un pequeño objeto escondido entre la docena de champúes que reposaban junto a la bañera. Creyó que era una cámara, y su rostro fue enrojeciéndose a medias por la culpa, a medias con la cólera.
Un parpadeo después, aquello dejó de parecerse a una microcámara, y reveló su auténtica forma: la de un botón, grande y considerablemente ancho.
Y mientras ella elucubraba sobre su vida a partir de su particular epifanía, su madre, que solía escuchar y sufrir los gorgojeos de su hija al borde del váter, decidió pasar a la acción y arrastrarla al psicólogo, ajena a su nuevo estado.