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El Elegido

octubre 15, 2009

El Elegido salió de su hogar llevado por los dos hombres más fuertes del pueblo. En su anterior vida, Él los conoció como pescadores y bravucones, como artífices de la maledicencia referida a su persona. Al menos, hasta que subió la marea roja.

En un principio, los habitantes del pueblo vieron con temor como la marea subía y convertía cada ser muerto que tocaba en un simulacro de vida. Cuando por fin acabaron con estos extraños revividos, tuvieron que soportar que los animales se les rebelaran, y que se apostaran en los alrededores del pueblo sin dejarles salir.
Los días pasaron, y la gente se sentía cada vez peor. Los intentos de fuga se saldaban con varios muertos, despedazados por lo que parecía un millar invisible de animales enfermos. Hasta que uno de ellos, el historiador, el loco, el enclenque, enseñó a los demás el camino a la salvación: si la Naturaleza se había rebelado, dijo, era para hacerles ver que debían retomar el antiguo culto y sus ritos, aquellos que todavía se susurraban los familiares antes de morir, que nunca eran pronunciados en voz alta ni fuera de aquellas tierras.
Mientras duró la comida almacenada, le tomaron por loco una última vez. ¿Qué iba a saber él, un hombre tan anclado en el pasado? La civilización, se consolaban diciéndose, les acabaría salvado de aquel desastre. Pero la civilización les había dejado aparte, y los aparatos electrónicos ya no funcionarían más. Incluso la naturaleza se volvió esquiva, y no pudieron capturar ningún animal.
Con el hambre, los habitantes se volvieron más y más receptivos. ¿Locura? Tal vez, pero la inanición daba por buenas respuestas tan antiguas e incognoscibles que, hacía unos meses, les habría provocado la risa o el desconcierto.
El agua, todo pasaba por el agua.
Tomaron al historiador como Elegido, y señalaron el 1 de noviembre como la fecha de la gran ceremonia. Y mientras, porque faltaban aún tres semanas, Manannan-Maclir llenó sus estómagos con peces y frutas del mar, con el fin de que nadie olvidara a quién debía rendirse culto el gran día.

En el 1 de noviembre, el Elegido caminó por las calles del pueblo envuelto en pieles, y a su paso las jóvenes le efectuaron abluciones con agua de mar. Cada muchacha restregó una esponja por la piel del Elegido, y el agua de mar reveló la fragilidad de la epidermis humana, descomponiéndola y revelando que, bajo ella, había escamas.
Para cuando el Elegido llegó al acantilado, su piel humana se había hecho jirones y desprendido, y su cuerpo presentaba la gloria de un millón de escamas irisadas que refulgían bajo el sol abrasador.
No quedaba mucho tiempo: el Elegido comenzó a ahogarse. Manannan-Maclir, complacido por la perfección del ritual, retiró la ilusión del mar y desveló las aguas transparentes hacia las colinas verdes y apacibles del Sidh, donde el sacrificio del Elegido daría una nueva oportunidad a sus vecinos.
El historiador se sumergió en el momento justo, pues las branquias comenzaron a funcionar en cuanto su cuerpo tocó el agua. Y empezó a nadar.

– ¿Qué coño ha pasado aquí? – preguntó un hombre al ver a un vecino que se asomaba por el acantilado.
– El rarito, que se ha suicidado – dijo el otro, señalando un amasijo de carne sanguinolenta y ropa entre las rocas que, como dientes, emergían del océano.

Fantasmas

octubre 13, 2009

Era un día precioso cuando Sergio, de nueve años de edad, se cayó de cabeza desde lo alto de un tobogán. Durmió durante diez meses, y cuando despertó, sus padres lloraron de alegría por tenerle de vuelta. Pero su vista parecía trastocada y, según los médicos, sólo el tiempo diría si los daños serían permanentes o pasajeros.

Al principio, la luz se mezclaba en su cabeza como si la mano de alguien emborronara el óleo de un cuadro recién pintado, y no podía enfocar. Ya entonces tenía un problema para identificar correctamente las figuras, porque, según él, percibía más cosas de las que había en una habitación. Lejos de preocuparse, los médicos quitaron importancia al asunto a pesar de que, cuanto más se recuperaba la vista de Sergio, más incapaz se encontraba el niño de distinguir las supuestas ensoñaciones de la realidad.

Dos semanas después, abrió los ojos en mitad de la noche y fue incapaz de creerse lo que se desplegaba ante sus ojos. Gritó y gritó hasta que una enfermera vino a atenderle, y más tarde un neurólogo vino a ratificar que no le pasaba nada. Sin embargo, Sergio no quiso abrir los ojos de nuevo.

El asunto se prolongó durante todo un mes, hasta que por fin, con toda la familia delante suplicándole, Sergio accedió a despegar los párpados. Y ellos seguían allí, como la primera vez que los viera: había fantasmas, millones de ellos, perfectamente definidos y superpuestos sin llegar a mezclarse, formando una migraña visual donde en apenas medio metro podían congregarse hasta un millar de apariciones.

Los espectros pertenecían a todo ser vivo que hubiera habitado en ese lugar desde el inicio de los tiempos: trilobites, dinosaurios, árboles, helechos y homínidos compartían espacio con homo sapiens desde el neolítico hasta pacientes fallecidos en el hospital ese mismo año. Para su desgracia, Sergio no podía dejar de verlos.

Así que, cuando pudo volver a casa, Sergio parecía ciego porque la densidad de fantasmas era tal, que era imposible apreciar cualquier otro detalle de la vida real. Practicó para comprobar si había cualquier resquicio de la realidad al que aferrarse, pero le fue imposible y la cosa terminó con la admisión de su derrota.

Han pasado quince años, y a veces Sergio se atreve a ir con los ojos abiertos por la calle. La gente mira su bastón y luego sus ojos, y les decepciona no encontrar la mirada perdida, los ojos mortecinos, de un auténtico ciego. Quiere contestarles pero se calla, sabiendo que nadie le creería si le explicara que, efectivamente, no está ciego, sino que ve demasiado.

Algunas noches encuentra un parco consuelo en el hecho de que, tarde o temprano, todos los que le critican le mirarán desde el otro lado, hasta que él se una a la multitud. Y a veces, antes de dormir, les dice (sólo por si alguno de sus ofensores pudieran escucharle): “Quise advertiros”.

abril 23, 2009

De alguna manera, conseguí ver que mi madre estaba en el ascensor, manchada con una sustancia aceitosa y echando humo. Lloraba, golpeaba con sanguinolentas manos las paredes del ascensor (y las paredes, de un material parecido al plástico, se derretían bajo su tacto), y vomitaba varias veces presa de violentas convulsiones.
Luego yo estaba de vuelta en mi casa, en el recibidor. Mi madre acababa de llamar al telefonillo con su tono característico, impregnado de cierta urgencia. Pasado un rato, llamaron a la puerta. Era ella.
Mi padre estaba a mi lado, los dos asomados desde la puerta de la cocina, y desde la habitación contigua mi hermano levantaba los ojos de su consola para presenciar la entrada. Mi madre entró llorando, gritando de dolor, chillidos profundos de angustia más allá de lo soportable para una persona.
Y un olor nauseabundo flotaba.
No sabíamos cómo, pero a mi madre le había caído encima un líquido extraño, azul, viscoso, que burbujeaba en contacto con la piel. Supusimos algo de residuos tóxicos. Me viene a la mente el principio del Vengador Tóxico, pero sé que ningún mutante emergerá de esto, sino muerte, sólo muerte. De alguna manera intento pararlo, no mirar, escaparme, pero me encuentro caminando contra mi voluntad en dirección al baño. La negrura de mis ojos cerrados de poco sirve ante los destellos de mi progenitora, y la impresión, ineludible y desagradable, de que se le estaba derritiendo la cara.
En el baño nos congregamos todos. Mi madre llora en el centro, apagados sus gritos al encontrarse todo su cuerpo en tensión, a punto de derrumbarse. Mi padre prepara la bañera, y mientras la llena, se acerca a su esposa y la besa en los labios, levemente, con dulzura, manchándose un poco en la mejilla con la sustancia azul. Luego la abraza, inundado de cariño, e ignora las circunstancias en las que lo hace. Vuelve a besarla, la acaricia el pelo y sin quitarla la ropa, la mete lentamente en la bañera, llorando de pena porque sabe el destino seguro de su mujer. Sin rechistar, apenas un sollozo, ella entra en la bañera y el agua burbujea, reaccionando con la ponzoña que lleva encima; pero no grita, no vuelve a hacerlo nunca. Simplemente, se apaga, poco a poco, se consume bajo una capa de espuma que cubre la bañera y que la devora, la acoge en su seno.
Entonces mi padre se lleva la mano a la boca, y mira con ojos desorbitados la sangre y los trozos de piel que se le han quedado pegados a las yemas de los dedos; estos restos no duran mucho, porque la misma carne de sus dedos se desprende con insultante facilidad, hasta que cae al suelo, plop, plop. No se permite llorar, para no provocar ningún sentimiento de pena en sus hijos. No quiere rescates porque sabe que no hay rescate posible, que la única solución es tirarse en el suelo y esperar. Se tumba en el suelo, apoyándose con las manos y bajando su peso, y por poco los huesos de sus antebrazos atraviesan el codo, de lo endeble que se ha convertido su ser.
Mi hermano, que llora junto a mí, se dispone a actuar. Le pido por favor que pare, pero no me hace caso, y se acerca al cuerpo tendido de nuestro padre. Toma su pulso, y nuevos pedazos de carne se desprenden de su cuello y se le quedan pegadas a los dedos. Sacude la mano. Dice que no hay pulso. Entonces se acuclilla a su lado y se dispone a hacer una reanimación cardiopulmonar.
De forma instintiva, retrocedo, miro de lejos.
Victor, que así se llama mi hermano, se prepara, toma aire por la vivencia desagradable que estamos teniendo y se dispone a empezar. Coloca las manos firmemente entrelazadas sobre el pecho de mi padre, oprime… y se hunde, violentamente, en la cavidad torácica, revienta costillas, órganos, aplastasta la columna vertebral y toca el suelo con facilidad pasmosa. La impresión, la sensación de hundimiento le coge tan de sorpresa que acaba con la cara en el interior del pecho abierto, y se levanta.
– No huyas, por favor.
Me dice.
Y poco a poco, su cara se derrite. Mi madre está en la bañera, convertida en una sopa de carne descompuesta. Mi padre, con el pecho abierto y expresión beatífica, parece haber muerto sin sufrimiento.
Empiezo a correr, desesperado, buscando la salida. Mi hermano corre, me pide que le acompañe, que no le deje solo. Que no quiere morir, que no le deje morir, que le coja la mano. No seas cobarde, gime. No me abandones ahora. Te necesito, dice.
Te necesito, y rompe a llorar.
Recorremos el mismo camino que mi madre pero a la inversa. Atravesamos la puerta de entrada y comienzo a bajar las escaleras. Estoy bien. No me ha tocado nada de esa sustancia. Viviré. Quiero vivir.
– ¡Por favogh! – grita y llora mi hermano, con la boca inundada de sangre y su cara goteando en el suelo.
Detrás de mí, mi hermano duda un segundo en bajar las escaleras y retoma la persecución. Pero apenas hemos bajado un piso, sus rodillas no aguantan su peso. Su cuerpo se desmorona. Para ser concretos, sus fémures atraviesan las rodillas y medio cuerpo abandona a su otra mitad, y lo que sale disparado se estampa contra el suelo en una violenta diseminación de fluidos rojizos que salpican todo.
Incluida una gota que, traviesa, comienza a escurrirse en mis mejillas.

Lázaro

diciembre 24, 2008

¿Quién se creía que era?
Lázaro estaba en su tumba, muerto, abandonado; los gusanos y demás bichos estaban empezando a tomar su parte del festín, cuando llegó él; ese mal llamado salvador, a quien su hermana María tuvo a bien lavarle los pies con su cabello, y al que todo el mundo miraba como si fuera el Sol, caminando por la tierra.
Y sus intenciones eran buenas.
Eso era lo peor.
Porque cualquiera diría que hizo adrede eso de levantarle.
En efecto, Lázaro despertó, y no sentía nada. No había rastro de la agonía que había vivido en los últimos días, claro, pero tampoco podía asegurar que ponía los pies en el suelo, de ahí que caminara renqueante, como un niño pequeño.
Pero conservaba el olfato, y olía muy mal. Más que de costumbre, como si le faltaran dos o tres baños de arena. Y la piel se le caía a pedazos, y a veces se fijaba en el brazo, o en una pierna, y descubría nidos de insectos que procuraba quitarse cuanto antes.
¡Sus intenciones eran buenas!
¡Claro!
Y así, cuando Lázaro salió de la cueva, la cara de esperanza de los testigos pasó a denotar un profundo asco, y miedo, y su propia hermana vomitó sobre sus enmugrecidos pies.
Al del milagro se lo llevaron, acusado de nigromancia, y Lázaro se alegró. Deseó que le colgaran, y le hicieran mucho daño.
Y mientras se preguntaba qué hacer con su nueva vida, sólo podía pensar en una cosa.
Cerebros.

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SinDios
Relatos en menos de 250 palabras para gente con prisas.
© del autor.