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La duda existencial

abril 9, 2009

En teoría, Marcos debía de estar peinándose porque quedaban menos de quince minutos para ir a misa, pero se encontraba viendo la televisión. Adoraba mirarla hasta que le escocían los ojos, sin importarle el contenido, si bien prefería los dibujos animados y las comedias norteamericanas con risas enlatadas. La duda, de hecho, le vino cuando vio el final de una de sus series favoritas, donde un último gag hizo estallar al público en risas y aplausos mientras todo se paralizaba y salían los títulos de crédito.
Su madre le llamó al baño, y Marcos apagó la televisión y se presentó corriendo, temiendo algún tipo de reprimenda por parte de ella. En su lugar, Beatriz arrimó a su hijo por delante de ella, colocándole frente al espejo, y comenzó a peinarle, y por lo que pudo notar Marcos, su castigo consistía en tener que soportar constantes tirones del cepillo, que se mostraba inmisericorde con cualquier nudo.
– Mama, ¿puedo preguntarte algo? – dijo, con una mezcla de ternura e inocencia pertenecientes, de forma inequívoca, a un niño de seis años.
– Dime – contestó ella, con tono monocorde. Se había hecho a la idea de que iban a llegar tarde y decidió dejar de gritarle, pero dejó entrever parte de su enfado con cierta indiferencia en sus palabras y, por supuesto, con su rudeza con el cepillo.
– ¿Estamos en una serie de televisión? – preguntó, y poco a poco mostró la angustia que llevaba incubando desde que se le ocurriera la idea.
Marcos no era demasiado consciente de cómo funcionaban las cosas, por lo que no sabía el motivo exacto de su duda; si hubiera sabido las palabras y la forma de expresarlo, habría añadido que, si la gente de las series de televisión no sabían que les estaban filmando, y de algún modo convivían con las risas enlatadas y las situaciones absurdas con cierta resignación, ¿cómo no sabían ellos que vivían en una serie de televisión?
Sí, ése era su gran temor: no saber cuanto tiempo les faltaba antes de que cayeran los títulos de crédito o si esos mismos títulos existían siquiera.
Con cierta sorna, la madre quiso tomarle el pelo: acrecentar su temor al principio, para darle ese castigo que tendría que haber caído sobre él, y más tarde consolarle y decirle que mintió; de ese ánimo, contestó al niño:
– ¡Claro que sí! ¡Ya verás que bonitos son los títulos de crédito!
Se oyeron unas risas en lata, viniendo de todas partes y de ninguna al mismo tiempo.
Marcos quiso moverse, infructuosamente. Empezó a tener muchísimo miedo, y quiso esconderse lejos de ahí, pero el cuerpo le falló; lo mismo le ocurrió a su madre, y la escena quedó congelada.

La duda existencial

(Aunque no podía moverse, unas lágrimas escaparon descontroladas y fluyeron por el carrillo de Marcos)

Ha sido un cuento escrito por: Adrián Álvarez

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